
Está claro que todo depende del color del cristal con que se mira, y el deporte no iba a ser una excepción. No es la misma la visión del deportista que la del aficionado, la del periodista, la del político, la del directivo de un equipo o la de un patrocinador. Está claro que la visión mercantilista, propagandística e incluso política se puede mezclar con la puramente lúdica o la que busca ejercitar el cuerpo, o la que incluso encuentra enriquecedora la práctica del deporte a nivel social, igual que lo es jugar a las cartas con unos amigos en un bar. Todas estas perspectivas tienen su razón de ser, y no vamos a cambiarlas.
Ahora bien, resulta por lo menos indignante que a tan pocas semanas de unos juegos olímpicos se nos machaque día sí y día también con que si hay una manifestación política al paso de la antorcha, o con que si tal o cual personaje, habitualmente ausente de cualquier acto deportivo, va estar presente o no en la ceremonia inaugural; y eso mientras por otro lado no sabemos nada o casi nada de qué novedades habrá en las competiciones, qué equipos son favoritos de cada una, cómo se están preparando, etc. Es comprensible la mercantilización e incluso la politización del deporte, al ser un fenómeno de masas, pero se está llegando a un punto en el que parece que las olimpiadas sean una especie de acto conmemorativo al que acceden unos personajes muy importantes para inaugurar unas instalaciones o algo así.
Yo intento ponerme en la piel de, por poner un caso, un tirador de arco, aunque serviría cualquier otro. Durante estos meses supongo que estaría entrenando día sí y día también, poniéndome a punto para una cita emocionante y en la que me mediré con los mejores del mundo. ¡Cuántas horas de práctica para haber llegado hasta ahí! Clasificaciones previas, sacrificios, dinero gastado en el mejor equipo posible, probando arcos y flechas para ver cuál se adapta mejor a mis cualidades, etc. Se aproxima la gran cita y, cansado después del entreno, llego a casa y enciendo el televisor. Por la pantalla, aparecen unos manifestantes con unas banderas de colores que intentan apagar la llama olímpica, mientras unos "seguratas" chinos vestidos de azul la escoltan y reparten hostias sin contemplaciones a quien intenta acercarse. Curioso ritual previo a un encuentro internacional que hermana a todos los pueblos durante unos días en una competición sana, alejada de las guerras y las disputas políticas. Leo entonces el diario y compruebo que en algunos artículos se pide el boicot y se llama cobardes a quienes no se sumen a él. Alzo y la vista y pienso si esto va conmigo, si tengo algo que ver. Yo sólo soy un deportista, no estoy con ningún bando, no me meto en política, sólo quiero competir, y ahora me vienen unos mequetrefes que no se han puesto un chandal desde que salieron del colegio a decirme si debo o no debo ir a la competición más grande de todas, la única en la que un deporte tan minoritario como el mío puede captar algo de atención por unos días.
Sinceramente, me parece un disparate, y una obscenidad. Da la impresión de que el deporte es como una puta a la que podemos usar como queramos, pero nunca tratarla como se merece. Los empresarios la usan para ganar dinero y los políticos para hacer propaganda; bien, eso es comprensible hasta cierto punto, pero que no nos metan en sus guerras. Porque lo bonito del deporte es precisamente eso, que sea una competición, pero una competicion
sana, apartada de la frecuentemente mequina lucha de intereses de nuestra sociedad, obsesionada por el dinero y el poder; lo bonito del deporte es que los deportistas se encuentran cara a cara en igualdad de condiciones, y sólo buscan que gane el mejor. Cuando acaban se saludan y se premia al vencedor, pero no se humilla a nadie. Es una lucha entre caballeros. No permitamos que se contamine con la bajeza de otros aspectos de la vida. No la prostituyamos, porque perderá todo su encanto, igual que la mujer que no lo hace por amor.
Estoy en contra del boicot a Pekín 2008, pero no porque el gobierno chino me caiga bien, sino porque es un tema puramente político, para el que se está intentando prostituir al deporte, y no sólo eso sino que casi que se intenta chantajear a los deportistas. Y esto me parece hipócrita por varias razones.
La primera es que se da importancia a unas cosas y a otras no. Algunos han criticado con mucha razón estos días, que con el Sahara Occidental no ocurra lo mismo. Si mañana se organizase la olimpiada en Casablanca, no sé yo si toda esta fuerza que se pone para apoyar al pueblo tibetano se pondría para apoyar al saharaui. Por lo visto uno es más mediático que el otro, no sé si porque Richard Gere le ha dado publicidad durante tantos años o por otra razón. Y es que seamos sinceros: si se tuviera que boicotear una competición deportiva en un país porque su gobierno hiciera algo que no nos gustase, ¿dónde se podría celebrar una olimpida o un mudial? ¿En EEUU, que practican la tortura y las detenciones ilegales, que mantienen la pena de muerte y que invaden países por su cuenta? ¿En Japón, punto de mira de ecologistas por sus abusos en política pesquera, especialmente sobre especies protegidas de ballenas? Al final tendríamos que ir a Liechtenstein a hacerlas, y ni eso, prque al ser un paraíso fiscal donde delincuentes internacionales blanquean su dinero, tampoco faltarían protestas.
La segunda es que tratándose de un tema político, no se ha tomado ni una sola medida realmente política sobre él. Si tan mal cae el gobierno chino, ¿por qué no se le amenaza con sanciones de algún tipo? ¿Por qué no se retiran embajadores, se prohíben exportaciones, se investigan y se difunden violaciones de los derechos, por qué no se apoya a los tibetanos exiliados, etc.? ¿Tiene que ser precisamente el deporte quien pague los platos rotos?
A Dios rogando, y con el mazo dando, reza el viejo refrán; y eso mismo digo yo: está muy bien que los
políticos manifiesten su oposición a la ocupación del Tíbet, pero tienen mil medios mejores de hacerlo que intentar crear mal ambiente en una cita de concordia mundial como las olimpiadas. O sea que, majos, ya podéis empezar; haced vuestro trabajo y dejad que los deportistas participen de esta gran cita, y así todos (tibetanos y chinos incluídos) estaremos más contentos. El deporte no es vuestra puta.
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