martes, 17 de febrero de 2015

Otra vez ellos

Hace unos 2.500 años, hacia el 491 a.C., ocurrió en Grecia un hecho notable. Unos mensajeros del rey Jerjes, soberano de los persas y dueño de un enorme imperio con recursos humanos y materiales casi inimaginables, se presentaron ante las principales ciudades griegas y les pidieron "tierra y agua". Tal petición simbolizaba, en realidad, el sometimiento de la ciudad a la autoridad del rey. La idea de Jerjes era que el temor de los griegos ante su poder, les haría aceptar una vergonzosa esclavitud antes que arriesgarse al exterminio total.

Efectivamente, la mayoría de las ciudades, entre ellas la antigua y renombrada Tebas, aceptaron la oferta. Pero las dos más poderosas, Atenas y Esparta, la rechazaron. Más aún, como muestra de desprecio ante el rey, los atenienses ejecutaron a los mensajeros, y los espartanos los arrojaron a un pozo, diciendo : "ahí tenéis el agua y la tierra que pedís".

Naturalmente, a los pocos años, Jerjes reunió un gran ejército y marchó sobre Grecia, aunque, como todos sabemos, fue finalmente derrotado. Pero esta derrota fue algo inesperado. Unos días antes de Salamina, a nadie se le hubiera ocurrido pensar que la actitud de los griegos fuese sensata, sino más bien una bravuconada estúpida, propia de gente sin sentido común.

Lo cierto es que, sensata o no, la decisión de los espartanos y los atenienses salvó a la civilización occidental. Gracias a su coraje, los logros de la civilización griega, entre ellos la democracia, perduraron. Y no sólo eso: quién sabe si una vez dominada Grecia, Jerjes se hubiera animado a caer sobre Italia, y con ella la pujante, aunque todavía no muy poderosa república romana. De este modo, dos de los avances políticos y sociales más notables de la Antigüedad, la democracia ateniense y la república de los romanos, hubieran dejado de existir. Se demostró entonces que hay cosas por las que merece la pena arriesgarse a grandes penalidades, y que no basta con disfrutar de la libertad, sino que a veces hay que tener el valor de pelear por ella, incluso a riesgo de afrontar un suicidio casi seguro, como ocurrió a los espartanos que partieron hacia las Termópilas. Si atenienses y espartanos hubieran sido "sensatos", según el criterio dominante, la Humanidad misma hubiera visto su progreso retrasado en varios siglos.

Hoy, dos griegos llamados Tsipras y Varoufakis emulan a Temístocles y Leónidas enfrentándose a un enemigo mucho más poderoso, y aceptando un destino muy probablemente terrible. Muchos los llaman insensatos, y la prensa alemana se burla de ellos diciendo que están locos y mofándose de su "desfachatez" por el aire desenfadado (sin corbata, alegre e informal) del que hacen gala. El ministro Schäuble, con su aspecto de burócrata alemán rígido e inalterable, parece no acabar de creerse que esos dos tipos que parecen salidos de un local de copas le estén plantando cara. A él, al Bundesminister der Finanzen. Probablemente la misma sorpresa que tuvieron los generales persas seguidos de decenas de miles de hombres al enterarse de que 300 espartanos iban a plantarles cara en medio del camino. Ahí, con todo el morro.

Lo cierto es que, al igual que hace 2.500 años, la actitud de los griegos es ciertamente temeraria. Negarse a aceptar la financiación de la UE es prácticamente condenar a Grecia a la autarquía, una situación nada agradable. Ahora bien, la alternativa que propone la UE es inaceptable, y no simplemente por razones económicas, sino por una cuestión de principios, de política, de dignidad. Lo que hay en juego en Grecia no es sólo el futuro de los griegos, sino, al igual que en tiempos de Temístocles, la democracia misma y, en definitiva, la libertad. Ya no es una cuestión de cifras, de si me prestas al 2% en lugar de al 3% o si me das dos años de plazo en lugar de uno. 

De lo que se trata es de que el sistema financiero internacional se ha convertido en el mayor enemigo de la Humanidad, mucho más que el islamismo radical, del que tanto se habla. Una amenaza para Europa comparable a la que entonces era el Imperio Persa. Se ha convertido en una mafia que poco a poco va esclavizando los países para entregarlos a ciertos intereses privados, como si en la Edad Media feudal nos encontrásemos. La situación se ha agravado tanto en estos años que incluso países como Japón (el país más endeudado del mundo, con casi un 250% de deuda sobre su PIB) están al borde del abismo. Grecia es el que ahora está siendo apuntado por los focos, pero en el fondo no es sino el primero de una larga lista. Si Grecia se arrodilla, vendrán otros detrás, y el mundo entero acabará arrodillado. Es por eso que, al igual que en Salamina o Platea no sólo se decidió el futuro de los griegos, sino quién sabe si también el de los romanos, también ahora Grecia decidirá, con su actitud, si su ejemplo servirá a otras naciones para plantar cara a la mafia, o si su sumisión desanimará a los pocos que piensen en hacerlo.

De momento Varoufakis ha partido hacia las Termópilas y Tsipras sigue planeando las posibilidades de salir adelante, cual Temístocles organizando la flota. Quizás tengan la misma suerte o quizás no, pero mientras, uno puede leer en los medios y en las redes sociales los mismos comentarios de los asustadizos ciudadanos que seguramente se pudieron escuchar hace 2.500 años en las calles de Tebas o Tesalia, cuando muchos seguramente preferían que Jerjes impusiera su ley, con tal de no pasar la vergüenza de no haber tenido el valor de hacer lo que sabían que era correcto, y que otros estaban haciendo por ellos.

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