
El año que estamos viviendo no es un año cualquiera. Probablemente no sea un momento histórico menos importante que cualquiera de los que vivieron nuestros padres o abuelos. Yo lo compararía especialmente con la revolución rusa de 1917, que fue la que de algún modo dio comienzo a la expansión del comunismo en el mundo (el comunismo existía desde mucho antes, pero aquella fue la primera puesta en práctica importante). En aquella fecha, igual que en esta, el mundo vio que había vivido en una gran mentira, que era posible hacer las cosas de otra manera, que habían otros sistemas sociales.
Aunque se nos hable mucho de cifras, la crisis actual tiene más importancia por ser una crisis psicológica e ideológica que por ser una crisis económica. La economía siempre sufre crisis periódicas, eso no es nada nuevo. Además, con el esfuerzo que están poniendo determinados gobiernos y bancos centrales, sus efectos parece que se van a atenuar bastante. La auténtica crisis es la de la confianza en el sistema. Desde la caída del bloque comunista a principios de los 90, el mundo había vivido en una especie de "balsa ideológica", caracterizada por el pensamiento único de que la economía capitalista/liberal/globalizada era la panacea, el fin de la evolución. Más allá de ella no había nada, incluso se tachaba de loco a cualquiera que se atreviese a dudar de su verdad absoluta. Los líderes rebeldes, como Evo Morales, eran poco más que unos locos ignorantes que no sabían lo que hacían. Las tímidas críticas al liberalismo, vertidas desde algún sindicato o algún diminuto partido de lo que antes eran "las izquierdas", se veían como los últimos coletazos de una mentalidad rebelde venida a menos y carente de argumentos.
Ahora, la actual crisis, y sobre todo la reacción de las administraciones, se han convertido en
el argumento. De pronto, los defensores del capitalismo de los últimos años han enmudecido, y la confianza en "el sistema" se ha perdido, no sé si para siempre, pero sí para una buena temporada.
He leído y escuchado por ahí algunos comentarios preguntando qué había hecho el FMI durante todos estos días. También algunos se han preguntado lo mismo acerca de los sindicatos. Yo extendería esta pregunta a prácticamente todas las instituciones más o menos relacionadas con la economía: Banco Mundial, ONU, gobiernos, partidos políticos... En España, por ejemplo, se critica mucho la inactividad del gobierno, pero ¿acaso alguien, desde el partido que fuese, había prevenido de esta crisis? ¿Alguien ha aportado ideas realmente importantes para solucionarla? De pronto es como si todas las instituciones hubiesen enmudecido. En FMI, el BM y muchos de los grandes bancos occidentales, tan acostumbrados a ir por la vida dando consejos a todo el mundo sobre cómo tenían que gestionar su economía, ahora tienen que callarse la boca, porque, como muy bien
ha señalado el presidente Lula últimamente, han perdido toda la credibilidad. ¿Quién puede escuchar a unos "expertos" que han sido incapaces de predecir una crisis de estas dimensiones y que tampoco son capaces de ofrecer soluciones?
Todo esto acaba llevando, inevitablemente, a una crisis de confianza; pero no a una crisis de confianza en una determinada institución, un determinado partido, un determinado líder, sino una crisis de confianza global, una desconfianza en el sistema mismo, con todas sus instituciones, sus organizaciones y sus presuntos "expertos". Las pocas medidas adoptadas para "remediarla" aún siembran más desconfianza. No sé si son buenas o malas, pero hacer lo contrario de lo que durante 18 años se ha defendido como doctrina económica indiscutible, no es precisamente la mejor manera de que la gente tenga fe en el sistema.
Por contra, los líderes de países como China, Venezuela, Cuba, Bolivia o Ecuador podrían perfectamente sacar pecho y burlarse de la prepotencia liberal, como ha hecho Lula. A lo que asistimos, en definitiva, es al fin de una época, al fin de una mentalidad. 2008 será una fecha recordada en los libros de Historia, pero no porque se perdiesen cien mil millones o un billón de dólares, sino porque, como 1789, como 1898, como 1492, como 1945, es un año de esos en los que uno tiene la sensación de que ya nada volverá a ser igual. La gran pregunta que yo me hago (y supongo que muchos se la hacen también) es: ¿Qué ocurrirá ahora? ¿Hacia dónde nos dirigiremos? Vale, supongamos que en unos meses la situación más o menos se estabiliza. ¿Qué tipo de doctrina económica se pretenderá defender cuando se plantee un dilema sobre la actuación de los gobiernos sobre el mercado? No lo sé, pero lo que está claro es que ya nadie mirará la economía con los mismos ojos que en estos últimos 18 años. De pronto se le han visto las garras al lobo, y tras las bonitas equitetas de "liberal" o "globalización" ha aparecido el entramado económico-político de unos empresarios demasiado poderosos y unos políticos demasiado ligados a los primeros y demasiado atados por las circunstancias. Todo el sistema financiero se nos muestra ahora como una gran estafa, y la bolsa como un simple casino. Los gobiernos son, de pronto, una oligarquía que recauda nuestro dinero para ayudar a ese entramado cuando le hace falta, no para ayudarnos a nosotros, que somos a quienes debería cuidar; y todo el sistema económico mundial no parece distar mucho del que se tenía en la época del feudalismo, cuando unos pocos grandes señores dominaban todo, y la mayor parte de la población estaba simplemente a su servicio, e incluso los reyes tenían que doblegarse a sus voluntades.
Los dioses a los que muchos adoraban, se nos muestran ahora como simples ídolos, y no parece haber otra religión a la que seguir. ¿A quién rezaremos ahora?
Pero estamos sólo en los primeros metros de ese camino hacia una nueva época. Simplemente estamos despertando del sueño (aunque algunos la verdad es que nunca llegamos a creer mucho en él), y todavía quedan cosas por descubrir y acontencimientos ante los que asustarse o alegrarse. Veremos qué nos deparan los próximos años.
Imagen: http://cgredan.blogspot.com/2008/01/la-estatua-de-la-libertad-como-icono.html