Siempre he estado en contra de esta manía moderna de ser políticamente correcto en todo. Y eso porque aparte de mi tendencia natural a eliminar las trabas y el oscurantismo de la educación de las personas, también considero que es una de esas tendencias que acaban provocando una especie de "auto-fagocitación", es decir, que ella misma se bloquea, como acaba pasando siempre que se quiere ir en contra de la realidad.
Esta tarde he podido ver un ejemplo clarísmo al leer esta noticia, en la que se habla de un anuncio en contra de las corridas de toros, que ha sido retirado por la Comisión de Control de la Publicidad francesa. La razón es que lo consideran inapropiado.
Uno no puede evitar sonreír al ver de qué manera los que luchan contra algo que consideran políticamente incorrecto (las corridas de toros), son censurados porque otros piensan que lo que ellos hacen (el anuncio en cuestión) es a su vez políticamente incorrecto. Quieren que se prohíban las corridas de toros por ser crueles, y para eso muestran esa crueldad. Pero claro, al hacerlo caen en la misma incorrección que quisieran ocultar. Es como si para que se prohibiera la pornografía exhibiésemos imágenes porno para decirle a la gente "¿Veis? Este tipo de cosas deben prohibirse".
Una cosa es la educación y la moderación y otra cosa es la gilipollez moderna que reniega de todos esos aspectos de la realidad que no encajan con ese mundo de regaliz y gominolas en el que se nos quiere educar. Y he aquí el quid de la cuestión: si hay un aspecto de la realidad que queremos ocultar por considerarlo políticamente incorrecto, llegará un momento en que entraremos en contradicción. ¿Por qué? Porque ese aspecto permanecerá en la realidad, y alguien tendrá que verlo, aunque sólo sea la propia persona que se encarga de ocultarlo a los demás.
Es lo que siempre nos hemos preguntado acerca de los censores: si unas imágenes se consideran malas porque pueden incitar a las personas a ciertos crímenes, ¿no deberíamos pensar que quien se encarga de censurarlas acabará siendo un criminal? Porque si su oficio consiste precisamente en verlas para después ocultarlas, necesariamente acabará empapado de ellas. "No, porque se trata de una personas suficientemente preparada", dirán algunos. Pero he aquí la contradicción: si se puede estar preparado para afrontar ese aspecto de la realidad, ¿no es mejor educar para estar preparado que ocultar?
Cuando se educa a los jóvenes (o no tan jóvenes) se tienen dos opciones: mostrar las cosas tal como son u ocultar ciertos aspectos. Por mucho que se diga, el segundo camino es un error, pues para progresar en la vida el conocimiento es fundamental, y un conocimiento sesgado de las cosas necesariamente será perjudicial. Ahora bien, es cierto que algunas pueden resultar muy comprometidas de enseñar, pero precisamente ahí está la gracia de la educación: en que la persona aprenda a convivir con esa realidad, aceptarla y, si es dañina, aprender a afrontarla. Lo otro no es más que escurrir el bulto y crear un mundo que no existe, un mundo que se derrumbará tan pronto como la innegable, cruel y terriblemente cierta realidad nos haga abrir los ojos.
Esta tarde he podido ver un ejemplo clarísmo al leer esta noticia, en la que se habla de un anuncio en contra de las corridas de toros, que ha sido retirado por la Comisión de Control de la Publicidad francesa. La razón es que lo consideran inapropiado.
Uno no puede evitar sonreír al ver de qué manera los que luchan contra algo que consideran políticamente incorrecto (las corridas de toros), son censurados porque otros piensan que lo que ellos hacen (el anuncio en cuestión) es a su vez políticamente incorrecto. Quieren que se prohíban las corridas de toros por ser crueles, y para eso muestran esa crueldad. Pero claro, al hacerlo caen en la misma incorrección que quisieran ocultar. Es como si para que se prohibiera la pornografía exhibiésemos imágenes porno para decirle a la gente "¿Veis? Este tipo de cosas deben prohibirse".
Una cosa es la educación y la moderación y otra cosa es la gilipollez moderna que reniega de todos esos aspectos de la realidad que no encajan con ese mundo de regaliz y gominolas en el que se nos quiere educar. Y he aquí el quid de la cuestión: si hay un aspecto de la realidad que queremos ocultar por considerarlo políticamente incorrecto, llegará un momento en que entraremos en contradicción. ¿Por qué? Porque ese aspecto permanecerá en la realidad, y alguien tendrá que verlo, aunque sólo sea la propia persona que se encarga de ocultarlo a los demás.
Es lo que siempre nos hemos preguntado acerca de los censores: si unas imágenes se consideran malas porque pueden incitar a las personas a ciertos crímenes, ¿no deberíamos pensar que quien se encarga de censurarlas acabará siendo un criminal? Porque si su oficio consiste precisamente en verlas para después ocultarlas, necesariamente acabará empapado de ellas. "No, porque se trata de una personas suficientemente preparada", dirán algunos. Pero he aquí la contradicción: si se puede estar preparado para afrontar ese aspecto de la realidad, ¿no es mejor educar para estar preparado que ocultar?
Cuando se educa a los jóvenes (o no tan jóvenes) se tienen dos opciones: mostrar las cosas tal como son u ocultar ciertos aspectos. Por mucho que se diga, el segundo camino es un error, pues para progresar en la vida el conocimiento es fundamental, y un conocimiento sesgado de las cosas necesariamente será perjudicial. Ahora bien, es cierto que algunas pueden resultar muy comprometidas de enseñar, pero precisamente ahí está la gracia de la educación: en que la persona aprenda a convivir con esa realidad, aceptarla y, si es dañina, aprender a afrontarla. Lo otro no es más que escurrir el bulto y crear un mundo que no existe, un mundo que se derrumbará tan pronto como la innegable, cruel y terriblemente cierta realidad nos haga abrir los ojos.