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martes, 1 de julio de 2014

La magia del 1.0

Mucho se ha hablado sobre Internet y los beneficios o perjuicios que ha provocado en la sociedad. Sin embargo, poco se ha dicho sobre la liberación que supuso para el subconsciente de toda una generación.

Antes de Internet, las maneras que un individuo tenía de expresarse eran muy limitadas. Se trataba de comunicaciones uno a uno (llamar a alguien por teléfono, escribirle una carta). Salvo los periodistas y escritores, poca gente tenía la posibilidad de difundir sus opiniones, e incluso éstos debían hacerlo bajo el riesgo de ser criticados por ello. De ahí que antiguamente se estilase bastante publicar libros bajo un pseudónimo.

Internet cambió todo eso. No solamente ahora cualquiera podía opinar y contar cosas, sino que podía hacerlo bajo un pseudónimo (ahora "nick") que ocultaba su identidad. Esto liberó el subconsciente de mucha gente de una manera brutal. Un hombre podía publicar poesías bonitas sin temor a que le tachasen de blando; una mujer podía decir cosas desvergonzadas sin ser al día siguiente la comidilla del barrio; una persona respetable podía despotricar sobre cualquier cosa, contar chistes verdes, o racistas o burlarse de otras personas supuestamente respetables, sin temor.

¿Nos damos cuenta de la liberación psicológica que eso suponía? A su lado, la nueva red 2.0 en la que incluso facebook nos obliga a usar nuestro nombre real, resulta extraña. Nos sentimos desnudos y espiados; de ahí tanta preocupación por la privacidad.

La red supuso toda una liberación de energías. Pensemos en la ingente cantidad de población sin aparentes aspiraciones artísticas que ahora publican artículos en un blog o fotografías en su página de pintertest. Nunca en ningún otro momento de la historia hubo tanta creatividad. Naturalmente, impera la mediocridad y abundan los diletantes, pero qué importa eso si al final la población en su conjunto consigue asimilar las artes con mucha más intensidad que en ningún otro siglo. Porque leer libros ayuda, pero intentar escribirlos, ayuda más.

Desgraciadamente, la cada vez menos oculta identidad del autor hace que afloren los miedos. Ya no hay esa despreocupada espontaneidad de hace 10 años, y el autor, temeroso de que se le localice e incluso, quien sabe, haste se le denuncie, vuelve a caer en la censura, en lo políticamente correcto, y pierde así una gran parte de su riqueza, que sólo el subconsciente liberado puede dar.

domingo, 16 de febrero de 2014

Seguimos sin entenderlo

Veo con tristeza que en nuestra época no se entiende bien cómo debe comportarse uno en democracia. No es de extrañar, puesto que nuestro país arrastra una larga tradición de caciquismo, de ignorancia y de enfrentamientos. No sabemos discutir civilizadamente porque las generaciones anteriores tampoco lo hicieron. Y es una tarea lenta ir adquiriendo esa cultura.

En los 70 nos creímos muy democráticos porque ya podíamos votar (de higos a brevas). Pero era un error. La democracia está en la actitud de uno mismo, del pueblo mismo, no en la urna. Ni en la Constitución, por mucho que la alaben.

Seguimos creyendo que el debate democrático es una lucha de bandos, como el fútbol. Seguimos pensando en "gobierno y oposición", como si se tratara de un Barça-Madrid. No importan las ideas, sólo de qué color es la bandera de cada uno. Y eso es un error, porque la Democracia no es un partido de fútbol, ni una guerra. La misma palabra "oposición" ya denota una falta total de cultura democrática, puesto que los partidos que no están en el gobierno no tienen por qué "oponerse" a él; habrá temas en los que estarán de acuerdo con el partido gobernante y temas en los que no. Si se limitan a oponerse sistemáticamente, estamos ante una democracia enferma.

El demócrata se posiciona, sí, pero en ideas concretas, no en bandos. Defender un bando es cosa de la guerra, no de la vida democrática. Tú puedes estar de acuerdo con tu vecino en una cosa y discrepar cuando se debate otra. No se trata de bandos, sino de reflexionar sobre cada tema, por separado. Eso no lo hemos entendido nunca, y no parece que vayamos a hacerlo en los próximos años.

La misma existencia de la "disciplina de voto" de los partidos es un insulto al verdadero debate enriquecedor, y una invitación a la oposición beligerante. En una verdadera sociedad libre, el individuo piensa por sí mismo, a veces incluso en contra de la opinión de aquellos con los que en otros temas sí coincide. Si no aceptamos esto, todo está perdido.

Incluso los temas por los que discutimos están pasados de moda. No hay más que ver la reforma de la ley del aborto. Un tema que ya estaba aparcado, olvidado en la memoria de la inmensa mayoría de los ciudadanos, y que ahora vuelve a resonar por todas partes porque a un ministro trasnochado y con afán de protagonismo le ha dado por contentar a cuatro fanáticos cristianos.

No deberíamos ni estar discutiéndolo.

El mismo debate "izquierda-derecha" está pasado de moda. Es cosa del siglo XX, como el debate entre las cintas VHS y las Betamax. Algo que directamente no tiene ya sentido.
Veo a jóvenes casi adolescentes odiándose e insultándose por cuestiones que pertenecen a otra época, en lugar de intentar conseguir un punto de vista acorde con los tiempos que les va a tocar vivir.

Si verdaderamente les preocupa su futuro, que se molesten menos en desempolvar las teorías de los años 30, y que piensen en qué grave riesgo está nuestra sociedad si no conseguimos, en un plazo relativamente corto, que el poder vuelva a las personas y deje de estar en manos de los partidos y de ciertas oligarquías. Porque la verdadera amenaza no es que gane "la izquierda" o "la derecha", sino que el poder de los nuevos señores feudales que dominan el mundo llegue a ser tan grande que ya no haya vuelta atrás, y directamente nos encontremos en la misma situación que nuestros antepasados de la Edad Media.

domingo, 15 de diciembre de 2013

La zona oscura

Hace poco leí en un libro una historieta que me llamó la atención. Cuenta que iba una noche un tipo por la calle y se encuentra un amigo suyo dando vueltas alrededor de una farola, mirando al suelo. Intrigado, le pregunta:
- Ey, tío, ¿qué buscas en esta farola?
- Mis llaves, que las he perdido.
- Ah, y se te han caído por aquí.
- No, se me han caído en la habitación.
- Entonces, ¿por qué las buscas al lado de la farola?
- Porque es el único sitio en el que tengo luz.

La actitud del tipo que busca las llaves nos puede resultar ridícula, pero es bastante típica del ser humano, y la estamos viendo en estos tiempos de crisis. La gente sabe que tiene un problema, sabe que la sociedad en la que vive no funciona, que hay que cambiar cosas. Pero cuando busca una solución, no se atreve a investigar fuera de lo que ya conoce; intenta votar a los mismos partidos, hacer las mismas cosas, quejarse de lo mismo, intenta incluso recuperar esa sociedad de hace 10 años que fue la que causó la crisis que vive hoy. No quiere salir de su área de conocimiento y adentrarse en la zona oscura, en lo desconocido, en las soluciones que aún están por probar. Tiene miedo y quiere quedarse donde hay luz, pese a que intuye, e incluso sabe perfectamente, que la solución no está ahí. Pero es tal el miedo que tiene a lo desconocido, que prefiere seguir estancado en su problema antes que ir en busca de la solución.

jueves, 14 de noviembre de 2013

Los colaboradores necesarios

Cuando ocurre algo malo en la sociedad, mucha gente cree que hay unos culpables y que el resto del mundo es inocente, sin matices en medio. Pero no suele ser así. Entre unos y otros existe un grupo de personas que, sin ser realmente los culpables, sí forman parte del desastre, y de alguna manera acaparan una buena parte de la responsabilidad. Son los colaboradores necesarios.

Es tentador poner el ejemplo fácil del nazismo y los millones de alemanes que, por activa o por pasiva, permitieron que un pequeño grupo de descerebrados creasen la mayor tragedia de la Historia. Sin duda los culpables eran los miembros de ese grupo (Hitler, Goebbels, Himmler...), pero nunca hubieran podido hacer nada sin la ayuda de un colectivo mucho mayor que, o bien les apoyó, o bien les dejó hacer.

Sin embargo, existen miles de otros ejemplos. Yo casi diría que no hay nada verdaderamente importante y malo que pueda hacerse sin los colaboradores necesarios, porque un pequeño grupo de personas jamás podrá crear un gran efecto por sí mismo. Estos últimos días hemos podido ver eso mismo con Canal 9.

Se ha derrochado tinta estos días discutiendo sobre si los trabajadores de la televisión valenciana eran culpables o no de la flagrante manipulación que se ha producido durante todos estos años, y cuyo episodio más vergonzoso (aunque no el único ni mucho menos) fue la ocultación de los hechos del accidente del metro valenciano.

En realidad, los trabajadores no eran culpables ni no culpables. Estaban en esa zona intermedia en la que uno no es directamente responsable de la acción, pero tiene en su mano pasar a formar parte de ella (a veces simplemente mirando para otro lado) o negarse. Ellos decidieron formar parte. Ahora piden disculpas, que están muy bien, pero que suenan algo mezquinas porque sólo han llegado cuando han visto peligrar su puesto, y no antes. Argumentan que les obligaron desde los despachos, que la culpa fue de los directivos; y es cierto: la culpa fue de los directivos, pero éstos jamás hubieran podido hacerlo sin su colaboración. Por tanto, aunque la culpa fue de unos, la responsabilidad es de muchos.

sábado, 12 de octubre de 2013

Días grandes y pequeñeces

Hoy he paseado por las calles de Barcelona y he visto algo inédito: bastante gente con banderas españolas, dispuestos a celebrar el día de la Hispanidad. Muchos de ellos venían en autocares (he podido ver bastantes en Pau Claris), otros supongo que eran de la propia ciudad. En su ánimo, hacer de contrapeso a la reciente manifestación independentista de la Diada. Por lo visto los españoles nunca nos cansamos de pelearnos entre nosotros.

Luego he entrado en facebook y he visto a bastante gente, sobre todo sudamericana, con lemas del estilo "12 de Octubre, nada que celebrar". Muchos mostraban imágenes en referencia a las masacres que sufrieron los indios americanos, o a la forzosa evangelización llevada a cabo por los españoles. Cosas todas ellas muy tristes, pero inevitables cuando varias naciones entran en contacto, pues la Historia de la Humanidad es eso: guerras, conquistas y artimañas para ser los más poderosos. En aquel momento les tocó a los indios ser los más débiles, igual que en su día los celtas fueron más débiles que los romanos, o éstos más tarde cayeron ante los germanos. Mala suerte para cada uno en su momento, pero la Historia es así, no podemos estar siempre lamentándonos de cosas que eran inevitables dadas las circunstancias. Y ese político-correctismo con el que algunos intentan remover culpas de hace 500 años, aunque en parte comprensible, me parece inoportuno e injusto con la fecha. Si quieren revindicar matanzas, mejor que lo hagan el día en que Pizarro capturó a Atahualpa en Cajamarca, lo cual marcó el principio del fin del Imperio Inca. Empañar el descubrimiento con las guerras posteriores, me parece injusto.

Todas estas actitudes me dan mucha pena. Y siento que la gente sea tan corta de miras.

Yo no es sido nunca de banderas. Jamás he enarbolado una. Lo máximo que recuerdo en este aspecto es haber colgado con mi familia una bandera de Barcelona en el balcón durante las olimpiadas del 92, y haber besado la bandera nacional durante la jura, cuando estaba en el Ejército. Me siento más a gusto viéndome como un ciudadano del mundo, como ayer por la noche: fuimos mi chica y yo a cenar con unos ex-compañeros de su curso de catalán; uno de Senegal, otro de Inglaterra, una rusa, dos vascas, una extremeña... todos compartiendo cerveza y mesa, sin pensar en banderas. Como debería ser siempre.

Reflexionando en estas cosas, me ha dado mucha pena ver cómo una jornada histórica como la del 12 de Octubre, el descubrimiento de América, se ha convertido más en una jornada de odio, resentimiento, nacionalismo, revanchismo, chauvinismo y otros sentimientos detestables, en lugar de un recuerdo de un momento importantísimo y de una gesta increíble, cuando tres barquitos provenientes del continente europeo (aunque en realidad su última escala la hicieron en territorio africano, en Canarias), se atrevieron a cruzar ese océano que antes nadie se había atrevido a cruzar, llegaron a unas tierras nunca vistas por sus conciudadanos y, lo más importante: volvieron para contarlo, poniendo así en contacto dos civilizaciones que hasta entonces habían permanecido separadas: la de los indios americanos y la de las naciones de Europa, Asia y África. Y me da pena que algunos lo usen como exaltación nacional, otros para provocar sentimientos de culpabilidad, otros para sentirse ofendidos por las exhibiciones nacionalistas de los de al lado... como si la unión de dos mundos fuese algo sin importancia, una mera escusa para molestar a otros.

Qué quieren que les diga, para mí la llegada de Colón a América sí es algo que celebrar. Sin pensar en banderas ni en razas, sin buscar culpas o culpables, sin buscar orgullos ni vergüenzas, simplemente pensando que ese día, cuando aquel puñado de marineros contempló aquellas tierras hasta entonces desconocidas para ellos, y cuando los indios vieron a esos hombres que no se parecían a los que habían conocido, fue como la llegada del hombre a la Luna, o como cuando Marco Polo volvió de China para contar sus viajes. Fueron momentos históricos, pero no para esos hombres en concreto, o para España, o para las tribus indias del Caribe. Fue la Humanidad entera la que ese día quedó más unida, porque se conocieron los dos grandes núcleos humanos del mundo. Y eso es algo grande, más grande que ninguna bandera, tan grande que las pequeñeces de nuestro tiempo no pueden eclipsarla.

domingo, 24 de marzo de 2013

El odio y la zanahoria

Se ha hablado mucho del amor, pero pocas veces del odio. Esto resulta curioso si tenemos en cuenta la enorme importancia del odio en el desarrollo de la Historia. Muchos de los grandes cambios, sobretodo guerras y revoluciones, se han debido al odio. Fue el odio lo que causó el acontecimiento más importante de la historia contemporánea: la Segunda Guerra Mundial; ha sido el odio lo que ha propiciado uno de los elementos más importantes de la política internacional actual: el terrorismo; fue el odio la verdadera fuerza que alimentó casi todas las revoluciones. Es el odio el que mantiene vivo un conflicto tan importante como el de Israel con sus vecinos.

La enorme importancia del odio como motor de la Historia, ha hecho que los grandes poderes políticos y económicos hayan querido siempre controlarlo. Sabían que, junto con la avaricia, era el cebo con el que guiar al pueblo hacia donde donde les convenía, como la zanahoria que se pone ante el burro para que avance. Generalmente dirigiéndolo hacia otra nación, a la que culpar de las desgracias propias. Otras veces hacia una clase social, para culparla de los desórdenes y así, mediante el miedo, hacer creer a los temerosos ciudadanos que ellos eran los garantes del orden y la paz.

En una época tan convulsa como la actual, va a ser determinante dirigir el odio en sentido correcto para que el mundo cambie de la manera más positiva posible para la sociedad en general. Estoy seguro de que muchos poderes intentarán dirigirlo, una vez más, hacia otros países. China, por ejemplo, o en el caso de Alemania, se buscarán cabezas de turco como Grecia o Chipre. También a ingleses o franceses se les intentará vender la idea de que los responsables son los incompetentes socios del Sur, como España o Italia.

A veces serán determinados elementos sociales, como en España los sindicatos, habitual blanco de nuestra derecha rancia. En Estados Unidos será quizás el aparato estatal de Washington, al que los más tradicionales consideran enemigo de la libertad individual, símbolo del espíritu libre americano. En los países mediterráneos ya se está poniendo de moda personalizar en la figura de Merkel el odio por quienes nos están haciendo perder nuestro nivel de bienestar, distrayéndonos de nuestra propia responsabilidad como ciudadanos, y de la de nuestros dirigentes locales (a quienes, no lo olvidemos, elegimos nosotros).

Van a intentar dirigir nuestro odio en esas direcciones para que no veamos a los grandes obstáculos de nuestro bienestar: las élites financieras mundiales. Esas élites sin nombres ni apellidos (todos conocemos a Rajoy o a Obama, pero, ¿alguien conoce a alguno de los presidentes de las 10 principales sociedades financieras mundiales?), sin los cuales es muy difícil hacer surgir el odio (el ser humano necesita personalizar sus sentimientos, llamar a algo por su nombre). Aún así, les va a costar. La intercomunicación que permite Internet ha creado un flujo de información más poderoso que todas las televisiones y diarios. La gente está cada vez más concienciada del origen de los males y, aunque les cueste poner un nombre al "culpable" (porque el entramado financiero es complejo y abstracto), ya no es tan fácil distraer su atención como lo fue en los años 30 o en el siglo XIX.

Ahora mismo esta es una de las grades claves para decidir nuestro futuro en los próximos años. Si la gente se mantiene bien informada y entiende a quiénes hay que derribar, hay esperanza; si nos distraen con enemigos inventados y dirigen nuestro odio hacia países y personas aisladas, estaremos metiendo la pata otra vez.

lunes, 4 de marzo de 2013

Por qué Twitter me ha hecho alejarme de Nietzsche


Friedrich Nietsche fue el primer filósofo que leí. Su obra Así habló Zaratustra fue mi primer gran libro de filosofía (antes lo máximo que había leído era algún trabajo para el colegio) y durante varios años me dediqué a atesorar sus obras (hoy en día las tengo casi todas, desde luego todas las importantes). 

Nietzsche me llamó la atención por su estilo aforístico. La mayor parte de sus libros no están escritos como largos tochos que forman un esquema filosófico estructurado, sino como pequeños textos, a veces de una sola frase, en los que el autor va contando todo tipo de ideas que le vienen a la cabeza, a menudo saltando de un tema a otro, sin lógica aparente. Aquel estilo me pareció ameno en su momento, porque resulta más atractivo el el típico rollo al estilo de Aristóteles o Kant.

También me aficioné en aquella época a otros autores de aforismos y notas, como Lichtenberg, en los que a menudo encontrabas más sabiduría concentrada en una frase que la que otros intentaban explicarte con cien páginas. 

Eran esos días en los que uno encontraba lo cotidiano en las personas que lo rodeaban, y lo profundo en los libros que leía.

Con el auge de Internet, el intercambio de información ayudó a que personas normales y corrientes, aparentemente nada geniales, como yo, intercambiásemos opiniones fácilmente, y descubrimos entonces que, si a las personas se les da su oportunidad, uno puede encontrar sin demasiada dificultad ideas tan interesantes como las que hubiera podido descubrir en un texto de Montaigne, de Voltaire, de Schopenhauer o del mismo Nietzsche. Se sentía uno entonces miembro de una época afortunada, en la que el intercambio de ideas interesantes superaba en varios órdenes de magnitud el de cualquier tiempo pasado. Los foros permitieron desarrollar la dialéctica y los blogs la retórica. Cierto que también abundan los trolls o quienes simplemente se dedican a copiar lo que otros dicen, pero aún así el resultado es positivo. 

También comenzaba uno a descubrir un cierto efecto contrario al esperado, y es el del cansancio. Antes, leer un nuevo texto de un gran autor (como Nietzsche) era una experiencia, un descubrimiento. Uno leía sus textos con interés y, aunque a veces podía defraudarle, rara vez lo hacía. Ahora, en cambio, mis enlaces me permiten leer docenas de artículos cada mes, sobre los que difícilmente puedo volcar mi atención como antes lo hacía sobre los libros.

Twitter, con sus escasos caracteres, y facebook, con sus "me gusta", han llevado este hastío al extremo. Uno a veces se cansa de ver por todas partes gente aparentemente ingeniosa, que cada dos por tres "tuitean" frases supuestamente originales y brillantes, como si fueran saltimbanquis intentando llamar nuestra atención y provocar nuestro aplauso. Llegas incluso a preguntarte si no eran más simpáticos en aquellos tiempos en los que no pensaban, en los que se extrañaban cuando mencionabas a Nietzsche, o te miraban como a un marciano si decías que estabas leyendo a Kant.

Son estos días en los que uno lee a personas ingeniosas en cada puñetero rincón de Internet, y llega a preguntarse dónde están aquellos seres sencillos y despreocupados, donde uno podía liberarse de la pesadez intelectual de los libros y encontrar otra vez la ligereza de lo cotidiano e intrascendente.

Por eso cada vez me cae más simpática la gente que rara vez "tuitea" cosas profundas, y que en su blog escriben con naturalidad de cosas humanas, sin pretender parecer ingeniosos, sin miedo a resultar superficiales. La profundidad tiene también sus momentos, pero antes Nietzsche era como un salvavidas en medio del océano de ignorancia. Ahora, no podría soportar leer muchas de sus páginas; creería que estoy otra vez con los blogs y los tweets.


lunes, 4 de febrero de 2013

La neolengua y sus modalidades

Hace ya unos años, en 2003, los medios de comunicación españoles publicaban que el presidente de los EEUU, George Bush, había propuesto una hoja de ruta para la paz en Palestina. Me llamó la atención aquella expresión porque apenas la había oído en mi vida (se usa habitualmente para camioneros que reparten su mercancía, no para planes de paz), y de pronto todos los telediarios y periódicos la usaban, traduciéndola de la expresión original del inglés, road map. De repente, un término que apenas se usaba, pasó a ponerse de moda, y a partir de entonces, cualquier propuesta compleja presentada por algún político para afrontar un problema importante, pasó a denominarse, para los periodistas españoles, una hoja de ruta. Ya no existen los proyectos, las propuestas o los planes. Todo son hojas de ruta. Incluso en mi empresa mis jefes la han usado varias veces para hablar de los planes de futuro. Quién me lo iba a decir, ahora resulta que todos somos camioneros.

Estos días me ha venido a la memoria aquella moda porque durante varios días los meteorólogos nos han repetido hasta la saciedad que estábamos siendo afectados por una ciclogénesis explosiva. Ojo, no un temporal, una borrasca, un aguacero... no, no, esto suena mucho más catastrófico y apocalíptico: una ciclogénesis explosiva.

Esto es lo que me imagino si me hablan de tormentaEsto es lo que me imagino si me hablan de ciclogénesis explosiva
Joder, es que se me llena la boca cada vez que lo digo; repetid conmigo: ciclogénesis explosiva. ¿No os suena casi como de película, algo así como Armageddon? No me extraña que los periódicos lo hayan usado tanto para sus portadas, es casi como anunciar el fin del mundo. Además, tiene un cierto toque científico que gusta porque parece como que estás siendo más exacto en el uso de los términos (aunque en realidad sólo los uses porque crees que quedan bien). Te da autoridad; parece que sabes de lo que hablas.

Ya algunos han comentado mejor que yo el abuso de esta pintoresca expresión, pero a mí me ha llamado la atención especialmente por el descuido que suponen a la hora de usar el idioma. Todo esto da origen a auténticas neolenguas, como la que se usa en economía y política. Nuestros políticos y economistas son especialistas en violentar el lenguaje y acabar diciendo cosas tan graciosas como crecimiento negativo (¿no es más claro decir descenso o decrecimiento?) o desaceleración económica para referirse a una crisis, sólo por no tener que pasar el mal trago de pronunciar una palabra que les comprometa. De hecho, durante el último gobierno de Zapatero, crisis se convirtió en palabra tabú, casi de la misma manera que ahora lo es la palabra rescate, que se sustituye por reestructuración de la deuda.

Quizás algún día llamemos a esto decrecimiento negativo
En ocasiones la neolengua constituye un auténtico insulto a la inteligencia del oyente o lector, como cuando el ministro Montoro llama incentivo a la tributación de rentas no declaradas a una amnistía fiscal, o cuando la señora Cifuentes habla de modular el derecho de manifestación, cuando en realidad a lo que se refiere es a limitarlo para que los manifestantes no puedan jamás ejercer su derecho de una manera efectiva.

Ya el colmo de la torpeza lo pone Fátima Báñez cuando dice que está muy moderadamente satisfecha. Mis neuronas se quedan bloqueadas ante tal expresión; no sé si quedarme con el muy o con el moderadamente. Decididamente, intuyo que me quieren tomar el pelo.

Al final, entre los oscuros intereses de los políticos y la dejadez o el sensacionalismo de los periodistas, uno casi no puede leer o escuchar las noticias sin sentir vergüenza ajena continuamente. Uno se cansa de que no se llame a las cosas por su nombre, de que todos los periodistas hablen como robots que sólo saben pronunciar frases hechas impuestas por la moda del momento.

Por eso tienen éxito personas como Jordi Évole, porque usan el lenguaje de un modo normal, diciendo las cosas como son y hablando como cualquiera de nosotros. No pido más. No necesito a Cicerón dando lecciones de retórica. Me basta con un tipo bajito, con su camisa a cuadros y sus tejanos, hablando de tal manera que por lo menos parezca que realmente piensa lo que dice, y no que simplemente lee un guión plagado de estereotipos y filtrado por tabúes.

Imágenes:

lunes, 28 de enero de 2013

Normas de convivencia: respuesta

Este artículo es, en realidad, una respuesta a este otro de Intersexciones. Necesitaréis leerlo para entender de qué va.


En mi opinión, el origen de la mayoría de estas ideas equivocadas está en el concepto romántico del matrimonio (o la convivencia en general, ya que hoy en día casarse no es tan imprescindible). Antiguamente, el matrimonio se consideraba una unión social, más que afectiva. Por supuesto que podía haber afecto entre las dos personas, pero básicamente era una unión de dos familias, con sus inevitables consecuencias sociales, culturales y económicas. Por eso era frecuente el matrimonio por dinero, en el que los cónyuges no se amaban realmente; y por eso era difícil que personas de clases sociales diferentes (ya no digamos culturas o religiones diferentes) se casasen. El amor a menudo venía mediante aventuras extramatrimoniales. Era habitual que uno y otro tuvieran amantes, y de hecho las historias de cornudos llegaron a ser un clásico de la literatura.

Pero llegó el romanticismo (sobre todo a lo largo del siglo XIX) y el concepto comenzó a cambiar hacia un matrimonio enamorado, posiblemente distinto social y económicamente, en el que marido y mujer convivían alegremente como dos pajarillos en su nido.

Nuestra sociedad moderna de finales del siglo XX remató la faena con la idea de que las dos personas tenían que aportar sustento económico al hogar, y que el hombre también debía participar activamente en las tareas de casa y en el cuidado de los niños; cosas que antes sólo hacían las mujeres.

En general, creo que los cambios de mentalidad del romanticismo y de la sociedad contemporánea fueron buenos, ya que el planteamiento antiguo daba origen a una sociedad hipócrita, materialista, machista y, probablemente en la mayoría de los casos, infeliz. El problema es que quizás se fue demasiado lejos y se asumieron los planteamientos de un nido de amor igualitario de manera demasiado radical, cuando, a fin de cuentas, la idea tradicional de una unión social y económica también tenía su razón de ser.

Probablemente la virtud esté en el medio. Las dos personas deben amarse, sí, y repartirse las tareas del modo más equilibrado posible, también. Pero ojo: no deja de ser la unión de dos personas para convivir juntas, no para echar kikis ni para salir juntos al cine. Si éstos últimos fuesen los objetivos, no habría necesidad de convivir: se podría seguir un noviazgo eterno. Si se pasa a una convivencia es porque independientemente del amor (que en nuestros tiempos se presupone), se pretende compartir el día a día, los gastos, las tareas, la comida, la limpieza... todas esas cosas de las que uno no se preocupa con su novia o con su ligue. Es una convivencia más parecida a la que tenemos con nuestros familiares (y de hecho así es, puesto que se está formando una familia); una de esas convivencias en las que, como hace con sus padres o hermanos cuando está en la adolescencia, uno a veces se agobia por el aburrimiento de lo cotidiano y a menudo discute, pero que se mantiene por la fuerza del vínculo y el compromiso entre las personas.

Por eso coincido con las recomendaciones de Alena: los gastos se deben repartir, sí, pero dentro de lo razonable teniendo en cuenta la situación de cada uno; las tareas del hogar se deben repartir, si es posible turnándose, pero no está de más que uno se haga cargo de algo si al otro le irrita demasiado o si, simplemente, dispone de más tiempo o sabe hacerlo mejor, etc. Y así con todo.

martes, 9 de octubre de 2012

La era sin secretos

Como ya sabrán ustedes, hace unos días la señora Kate Middleton, duquesa de Cambridge y esposa del príncipe Guillermo de Inglaterra, fue pillada haciendo top-less. La reacción de la casa real británica fue propia del siglo pasado: no sólo denunciar a la revista que hizo las fotos sin consentimiento (lo que me parece lógico y normal), sino intentar por todos los medios eliminar esas fotos de la propia Internet, en un momento en que ya habían sido difundidas, ignorando así el famoso efecto Streissand, y consiguiendo todo lo contrario, dar publicidad a la revista Closer. Una buena metedura de pata, comprensible por otro lado, por parte de una institución tan anticuada.

También estos días ha saltado una polémica sobre facebook, al difundirse que los antiguos privados, anteriores al 2010 eran ahora visibles en el muro. Facebook reaccionó explicando que lo que ocurría era que ciertos comentarios del antiguo muro, son visibles ahora con el nuevo "timeline". En cualquier caso, si has de decir algo realmente privado, ¿es adecuado usar la base de datos de facebook? Por suerte, en la mayoría de los casos debían ser mensajes para quedar una tarde, para un café.

Leyendo las últimas entradas de este blog, me doy cuenta de que no son los únicos casos de situaciones desagradables, producto de la especial manera de funcionar que tiene Internet. Hace poco comenté la polémica del video privado de una concejal toledana, y justo las últimas entradas iban sobre el tremendo error del director de El Cosmonauta, al colgar en Internet algo que jamás debió llegar a escribir, ni siquiera en privado. Todos estos hechos me llevan a pensar que no somos aún capaces de captar la potencia de la red. Es una herramienta demasiado nueva. Incluso para quienes son muy jóvenes y la han conocido desde el principio de su adolescencia, sigue siendo un lugar extraño, cuyas consecuencias, a veces terribles, son difíciles de imaginar. Nuestra sociedad aún no está habituada a ella, seguimos creyendo, en el fondo, que las cosas funcionan como en los tiempos de las revistas, la TV y la radio, y creemos que Internet es simplemente, como una especie de televisión multicanal, en la que además puedes dejar comentarios.

No es así. Internet es algo mucho más poderoso. Hasta hace muy poco, las televisiones y las radios no siempre llegaban a todas partes (ahora sí que se ha puesto de moda tener "canales internacionales" para cada televisión que se precie), y las revistas y periódicos no siempre son fáciles de difundir. Si el Frankfurt Allgemeine publica algo, en España seguramente no leerá casi nadie ese artículo; sólo en el caso de que un diario local publique esa misma noticia, llegaríamos a enterarnos de ella. Y así con todo. En Internet esto no es así. Desde el momento en que apretamos el botón de "publicar" (o "enviar" o lo que corresponda), esa información llega a cualquier rincón del mundo. Incluso los blogs menos visitados (como este mismo :P) son vistos periódicamente por personas de los lugares más remotos. Acabo de mirar la localización geográfica de mis visitas y veo por ejemplo que en las últimas 24 horas he tenido 2 visitas de Taiwan (¿En serio hay alguien en Taiwan al que le interese lo que escribo?). Sea como sea, esas personas han podido enterarse en muy pocas horas de algo que yo he pensado, y lo que es peor: lo han podido guardar en su ordenador (aunque no creo que sea el caso). Esto significa que, si mañana me arrepiento y borro un artículo o un comentario, eso no implica que la información se pierda necesariamente. Podría estar guardada por ahí, vaya usted a saber en cuantos sitios y bajo el control de qué personas.

En definitiva: no somos dueños de lo que subimos a la red. Antaño, las personas poderosas manipulaban los medios para hacer desaparecer aquellos datos que no querían que llegasen al gran público. Esto tenía mucho éxito porque realizar copias de un diario no era tan fácil. Si era un programa de TV o radio, era improbable que alguien se hubiera entretenido grabándolo, e incluso aunque lo hubiera hecho, no era fácil multiplicar esa grabación por miles en poco tiempo, sin invertir muchos recursos. Por tanto, el "secuestro" de las publicaciones era relativamente efectivo. Cuanto más poderoso fuese el agente manipulador y más influencias tuviera, más efectivo era.

Hoy en día eso no es así. De nada sirve secuestrar un medio de comunicación (recordemos el famoso caso de El Jueves y su portada con el príncipe), de nada sirve borrar entradas de blogs o comentarios de foros. Es más: si se intenta hacer, se produce un efecto Streisand tan fuerte que la difusión original de la noticia queda en una mera anécdota, frente a las miles y miles de réplicas de la información y a los millones de comentarios al respecto de los usuarios. Uno de los casos más espectaculares fue el de la famosa clave de cifrado AACS. Lo curioso es que en el fondo lo sabemos. Sabemos que esa información se ha quedado ahí y que no la podemos eliminar, y sabemos que cuanto más removamos las ascuas más se avivará el fuego, pero de algún modo no lo acabamos de asimilar del todo. Algo en nuestro subconsciente nos hace creer que si nos molesta lo borramos y listo. Algo nos hace creer que lo que hacemos fuera de Internet no puede llegar a la red, lo cual no es cierto: ¿De verdad pensaba la duquesa de Cambridge que si hacía top-less no iba a haber por ahí algún paparazzi capaz de colarse con su objetivo de largo alcance y fotografiarla? Y si alguno lo conseguía, ¿creía de verdad que esas fotos no llegarían a la red, en cuyo caso ya estaría todo perdido? No, claro que no lo pensaba, igual que la concejal de Los Yébenes no ignoraba que quizás la mala suerte pudiera hacer que el vídeo que grababa llegase a ser mal empleado por algún adversario político o por algún chavalín con ganas de hacer daño; pero de alguna manera se relajaron, se dejaron llevar por la confianza en que probablemente no pasaría nada. Probablemente. Lo malo es que si pasa, no hay solución.

Muchos pensarán que eso a ellos no les afecta, que ellos no son tan famosos como la duquesa o como un cargo público; pero desgraciadamente eso es cada vez menos cierto. Lo compruebo cada vez que bajo paseando por las Ramblas de Barcelona, y veo a los turistas grabándolo todo en vídeo. Ya no es que te puedan pillar en una foto, no, no: en vídeo. Seguramente salgo yo por ahí caminando en bastantes grabaciones que pululan por las casas de algunas personas de Japón, de Noruega, o de cualquier otra parte.

Peor aún: grabaciones que quizás se hayan subido a la red y ya anden por ahí siendo compartidas. Vivimos en una nueva era en la que los secretos no existen, o al menos uno no puede tener mucha confianza en que existan. Y aún no hemos adaptado nuestros hábitos, nuestro subconsciente, a esta nueva realidad. No pensamos que incluso los mensajes privados que mandamos, no podemos estar seguros de que no puedan llegar algún día a hacerse visibles por culpa de un efecto informático (como el de facebook) o porque, sencillamente, la persona a la que se lo enviamos lo reenvía sin nuestro conocimiento. Reenviar un mensaje o capturar una conversación de chat, webcam incluida, es tan fácil, que probablemente el consejo más acertado al respecto lo dio quien dijo hace poco que en la era de Internet, si quieres que algo no se sepa, mejor ni lo pienses.

Y no es sólo Internet. ¿Nos hemos parado a pensar la cantidad de datos, fotos y vídeos que hay hoy en día disponibles sobre cualquiera de nosotros? Cuando indago información sobre quiénes eran mis abuelos, apenas tengo unas pocas fotos que mis padres aún conservan. De milagro, guardo aún una de unos bisabuelos míos. Y ya está. Eso y algunas anécdotas que mis padres guardan en su memoria (y que podrían ser inexactas) son toda la información de que dispongo sobre estas personas. En cambio, de mí hay docenas de fotos guardadas (algunas en ordenadores de gente con la que ya no tengo relación), está mi cuenta de facebook, está este mismo blog. Mis sobrinas, de unos pocos años de edad, prácticamente están fotografiadas durante cada día de su vida desde que nacieron.

En un contexto así, el secreto y el misterio se van perdiendo cada vez más, y nuestra vida queda expuesta a todo el mundo. No son sólo las fotos de carnet o de familia, son las fotos de borrachera, son los comentarios llenos de insultos que a lo mejor un día pusimos, cabreados, en el muro o en el blog de alguien que nos caía mal. Cosas que nosotros jamás conocimos de nuestros padres y abuelos, quizás serán perfectamente conocidas por nuestros hijos y nietos. Son miles de datos que en el futuro podrían ser consultados por miles de personas, que quizás ni conozcamos. Ya no es la CIA o el CNI, es algo mucho peor que eso: es la población mundial misma.

No tener secretos (o al menos secretos relativamente seguros) acarrea ventajas e inconvenientes. Los inconvenientes se los podemos preguntar a las personas que arriba he mencionado, seguro que por ejemplo Kate Middleton nos los podrá explicar. Las ventajas también existen: los seres humanos podrán conocer a sus antepasados a fondo, saber de quién vienen, cómo eran esas personas a las que les deben la vida. También creo que nos hará más responsables, nos obligará a cuidar nuestras formas, a poner más atención en lo que hacemos y decimos. Últimamente oigo hablar mucho del derecho al olvido. Algunos defienden que una persona debería tener derecho a borrar su pasado de todas las bases de datos del mundo y comenzar de cero, si así lo desea. Pero por mucho que filosóficamente podamos estar de acuerdo con esta idea, la realidad es que eso es ya imposible. Debemos afrontar la realidad de este mundo sin secretos, en el que nuestro pasado nos perseguirá siempre, desde todos los rincones del mundo.

jueves, 31 de mayo de 2012

Un análisis económico por parte de un no-economista


Nunca pensé que llegaría a vivir un momento histórico como este. De joven creía que las grandes fechas de la Historia de la Humanidad habían quedado para las generaciones pasadas, para aquellos hombres y mujeres que vivieron el decubrimiento de América, la toma de la Bastilla, la Revolución Rusa, las dos guerras mundiales... Pero mira tú por dónde, ahora me encuentro escribiendo en mi blog mientras el mundo se dirige a la hecatombe económica más importante de la Historia, mucho más que la famosa crisis del 29.

Algún día nuestros descencientes estudiarán nuestro caso. De la misma manera que nosotros nos preguntamos, intrigados, cómo fue posible que el partido nazi ganara las elecciones en los años 30, cómo pudieron estar tan ciegos los ciudadanos de entonces para ver la barbarie que se avecinaba, nuestros nietos se preguntarán qué le ocurrió a la sociedad de finales del siglo XX y principios del XXI para dejarlo todo en manos de usureros y atrapar la economía mundial en un callejón sin salida llamado deuda. Me los imagino, entre la indignación y la confusión, riéndose de nuestra ingenuidad y de nuestra ignorancia, mientras dictan leyes que condenen la usura, para evitar que se repita el desastre que nosotros estamos creando hoy mismo.

Mientras escribo estas líneas, reina la confusión por la situación de la economía española, y sobre todo por el asunto de Bankia. Internet se llena de comentarios indignados que hablan de la maldad de los banqueros, de la incompetencia de nuestros políticos, del descrédito para nuestro país, mientras confían en que Alemania o algún otro país poderoso como los EEUU podrá salvar la situación. No es así.


Lo que estamos viviendo estos días es sólo el principio de una debacle mundial. Evidentemente, los primeros coletazos se producen en los eslabones más débiles de la cadena. Primero fue un pequeño país casi deshabitado, como Islandia. Luego fueron los socios menores de la UE, como Irlanda, Portugal y Grecia. Ahora es España. Pero no nos engañemos: sólo somos los primeros de una fila en la que están todos.

Breve historia económica

No hace falta tener un Nobel en Economía para darse cuenta de la raíz de todos los males: La economía mundial de nuestra época está sometida al sector financiero. El poder económico ya no pertenece a las empresas y estados que mueven la economía real, sino a unos señores que, detrás de una pantalla llena de números, compran y venden un ente etéreo llamado deuda. Ese ente etéreo lo domina todo, tiene más poder que el oro, que el petróleo y los diamantes. Pero, ¿por qué es tan importante la deuda? Veamos cómo funciona el mecanismo.

Antiguamente, la riqueza residía en los recursos tangibles, principalmente el oro. De ahí que tradicionalmente la moneda se respaldase con ese metal. Lo que tenía valor era lo que daba un servicio: el carbón valía algo porque servía para generar energía, los tomates valían algo porque se podían comer, etcétera. Quienes dominaban estos recursos (principalmente los estados, la Iglesia y los grandes propietarios), dominaban la economía. Y como intercamabiar directamente los bienes es difícil, y además conviene establecer un valor comparativo de las cosas, surgió la moneda. La moneda representaba una cierta cantidad de bienes, en general. Hasta aquí todo parece "normal".

Pero un buen día alguien inventó el préstamo. Es decir, que si yo no tengo dinero suficiente para hacer algo, te lo pido a ti, y al cabo de un tiempo te devuelvo lo prestado. Evidentemente, eso a ti no te va a parecer muy bien, de modo que para que sea más interesante, me comprometo a devolverte, no sólo lo prestado, sino una cantidad adicional, que es el "interés". Supuestamente, cuanto más tiempo me des para devolverte el dinero, más alto debería ser el interés. También depende de la confianza que yo genere. Si estás muy convencido de que te puedo devolver el dinero, me lo darás con bajo interés; si crees que puedo alargarme en mis plazos e incluso no devolverlo, me pedirás un interés más alto.

Visto así, el tema tampoco parece tan malo. Pero tiene un problema que a nadie se le escapa: ¿qué ocurre si, transcurrido el tiempo pactado, no puedo pagar? Bien, aquí pueden darse tres situaciones:

A) No lo pago directamente con dinero, sino que el acreedor se queda con algunas de mis posesiones, que son confiscadas como compensación.
B) Se renegocian las condiciones y, si se llega a un acuerdo, se puede alargar el plazo de pago (a cambio, supuestamente, de un mayor interés o algún otro tipo de compensación).
C) Sencillamente me niego a pagar, con lo que mi acreedor seguramente no estará muy contento. Si somos dos países, quizás me declare la guerra o me imponga un boicot. Si soy un ciudadano y mi acreedor el Estado, quizás vaya a la cárcel, etc. Si se da la circunstancia de que soy más poderoso que el acreedor, quizás tenga que aguantarse y fastidiarse.

Por lo general, nadie quiere llegar a la opción B, y mucho menos a la C, por lo que generalmente se piden "avales", es decir, una lista de recursos (pisos, terrenos, empresas, todo tipo de bienes en general) que sirven de garantía para que, en caso de impago, se pueda optar por la opción A, y resolver el problema.

Bien, incluso en este caso podríamos pensar que todo sigue siendo adecuado. Pero ocurre que el "interés" acaba haciendo que prestar dinero sea, valga la redundancia, algo muy interesante. Uno puede hacerse rico sin hacer nada, simplemente dejando dinero y esperando a que venzan los plazos. La tentación de prestar sin límite para enriquecerse acaba siendo demasiado fuerte, y surge la usura. ¿Qué es la usura? Consiste en dejar dinero bajo condiciones poco razonables, es decir, que en caso de no poder devolver el dinero obligarían al deudor a "venderse a sí mismo", prácticamente. Si es una persona, debería vender su propia casa y acabar en la calle, quizás incluso venderse a sí mismo como esclavo; si es un Estado, debería vender parte de su territorio, o de su patrimonio.

Dinero de la nada

A lo largo de la Historia ha habido ciertos momentos en los que la usura se convirtió en un problema muy grave, y algunos gobernantes tuvieron que adoptar medidas muy duras para luchar contra ella. Sin embargo, la sociedad del siglo XX dejó de verla como algo negativo, hasta el punto de que la palabra misma casi no se usa en artículos y conferencias. Se habla de deuda por todas partes, pero nadie habla de usura. Nuestra cultura moderna, muy vinculada a la mentalidad capitalista de los Estados Unidos, considera que el préstamo es algo bueno, que estimula la economía y ayuda a la creación de empresas. Que alguien no pueda pagar es un problema menor y que sólo es asunto de la persona implicada. Lo importante es que gracias al préstamo, se crea dinero "de la nada". ¿Eres una empresa que necesita financiarse y no tiene efectivo? Pide un préstamo y de pronto aparecerán billetes por todas partes. Ya lo pagarás. ¿Eres un político que necesita financiar infraestructuras y no quieres subir los impuestos para no ser impopular? Pide un préstamo y tendrás tus infraestructuras. Ya lo pagarás. ¿Eres un ciudadano con un empleo precario y quieres comprarte un piso? Pide un préstamo y tendrás tu piso. Ya lo pagarás.

El préstamo es algo que parece fantástico a todo el mundo, tanto deudores como acreedores. A los deudores les parece fantástico porque les da dinero de la nada. A los acreedores también, porque les permite ganar dinero sin hacer nada, sólo prestando. Por tanto, todo el mundo es feliz.


Pero (todo en esta vida tiene un "pero") en el fondo esta felicidad es una ilusión. Los deudores no están haciendo otra cosa que desplazar su problema hacia el futuro. Sí, la empresa consigue financiarse en ese momento, pero ¿qué ocurrirá cuando venza el plazo? ¿Sus beneficios le permitirán devolver el préstamo? El político consigue popularidad en ese momento, pero ¿qué ocurrirá cuando venza el plazo? ¿Cómo devolverá el dinero si no ha subido los impuestos y las infraestructuras no han podido generar aún más riqueza? Y así con todo. Se vive con un dinero irreal, un "dinero del futuro", que algún día deberá devolverse.

El problema de abandonarse a la tentación de la deuda es que cuando llega el momento de la verdad, el vencimiento, resulta que no puedes pagar, y debes enfrentarte a una de las tres soluciones que he mencionado antes. Pero como ninguna de las tres es agradable, a alguien se le ocurrió una segunda manera de desplazar el problema hacia el futuro: pedir más dinero prestado. Es decir, A me presta 10. Al vencer el plazo, pongamos que debo devolverle 11, pero como no los tengo, le pido 11 a B. Ahora bien, como me he acostumbrado a la buena vida, quiero seguir gastando al mismo ritmo, con lo que vuelvo a pedirle 10 a A. Resultado: antes me dejaron 10 y debía 11. Ahora me han dejado 21 y debo 24, 11 a A y 13 a B. Si mantengo mi mentalidad, el año siguiente quizás deba 35, al otro quizás 47, etc. Mientras haya nuevos prestamistas que me dejen dinero, o mientras los que ya me prestaban estén dispuestos a elevar mi deuda, ningún problema.

Esta tendencia se hace especialmente visible en los estados. Como los políticos sólo piensan en su popularidad a corto plazo, su obsesión es no subir impuestos y, sin embargo, ofrecer a los ciudadanos toda una serie de mejoras visibles: más colegios, más hospitales, más carreteras, etc. Y todo esto sin dejar de gastar en sueldos de funcionarios, en servicios públicos, etc. Todo con vistas a ganar las siguientes elecciones y, además, a favorecer a sus contactos empresariales mediante suculentos contratos públicos que "paga el Estado".

La confianza

Alguien podría preguntarse: ¿Cómo es posible que los acreedores dejen dinero al Estado si está claro que no tiene capacidad inmediata de pago? Bien, aquí es donde aparece la palabra mágica: es todo una cuestión de confianza. Los acreedores dejan dinero por dos razones. Primero porque les resulta muy rentable (ya hemos visto antes que la usura es una actividad fácil y relativamente segura), y la segunda es que confían en poder cobrar. En principio, se considera que un estado (sobre todo un estado importante, como pueden ser los EEUU, Japón, o incluso un país pequeño como Bélgica) es relativamente sólido. No es una persona que se pueda escabullir mágicamente sin pagar. Si acaso se llegara al extremo de no querer pagar, se podría recurrir a la legalidad internacional para embargar bienes de ese estado; pero ni siquiera parece probable por una razón: porque al propio estado no le interesa dar imagen de mal pagador, de cara a poder seguir pidiendo préstamos en el futuro.

Eso no quita que haya países que generan más confianza que otros, por eso estos días estamos viendo que Alemania ofrece deuda a un interés muy bajo (incluso cero a día de hoy) mientras que España debe ofrecer un interés cada vez mayor.

Pero al final, el problema sigue siendo el mismo para todos: la deuda crece y sigue creciendo indefinidamente. En unos casos más rápidamente, en otros menos, pero crece. Y no hace falta ser un genio para darse cuenta de que esa espiral conduce al desastre, porque todo este montaje absurdo se basa única y exclusivamente en la confianza, y necesariamente llegará un punto en que el endeudamiento será tan alto que la confianza no sea suficiente como para compensarlo. Entonces, se dejará de prestar dinero a ese país, y éste no podrá hacer frente a sus pagos.

Eso es justamente lo que está pasando ahora con Grecia y lo que muy probablemente acabará pasando con España: un puro problema de confianza. Si nuestros acreedores confiasen en nosotros, podríamos permitirnos el lujo de tener una deuda enorme, mucho mayor que la actual. Si ahora estamos en problemas es por una cuestión puramente psicológica: porque no confían en nosotros. Da igual si debemos un billón o diez billones, la cuestión es si un conjunto de gente que es la que deja la pasta, confía en que podamos pagar.

Pero el problema no es exclusivo de España, es un problema cultural de la sociedad de nuestro tiempo. Todos vamos por el mismo camino. La propia Alemania está también en la misma espiral infernal:



La ventaja que tienen ellos es que la confianza de los inversores es alta, y pueden seguir pidiendo sin problemas. Pero no nos engañemos: es una simple cuestión de tiempo o de que en algún momento surja un problema que rebaje la confianza que inspira Alemania. Y se verán entonces en la misma situación que nosotros.

De todos los países del mundo, el que muestra más claramente este proceso vicioso es EEUU. Tras la Primera Guerra Mundial, se decidió poner legalmente un techo a la deuda pública, en teoría para evitar precisamente esta espiral; pero en la práctica, los sucesivos parlamentos han acabado aumentando este límite en cada momento:



Es cierto que las gráficas de endeudamiento se ven afectadas también por la devaluación de las monedas, pero en cualquier caso serían también ascendentes. 

El último incremento del llamado "techo de deuda" lo realizó Obama el año pasado, tras un acuerdo in extremis con los republicanos, que se negaban radicalmente a subir impuestos. Tan grande fue la tensión vivida en los últimos días antes del acuerdo que incluso Standard & Poor's se atrevió a rebajar la calificación de la deuda americana.

Hacia dónde vamos

Personalmente, creo que la única salida a todo esto es un impago generalizado. Los acreedores, o más correctamente deberíamos decir "los usureros", deben asumir su responsabilidad. Es cierto que estados y particulares de todo el mundo se han endeudado irresponsablemente, pero ellos también han dejado dinero irresponsablemente, alimentando un ciclo vicioso que ha degenerado en una situación catastrófica. Es más: cada mes que pasa esa situación se vuelve aún peor, las cantidades tienen cada vez más ceros y las posibilidades de que los deudores devuelvan lo prestado son cada vez más ilusorias. Desengañémonos: ni España, ni EEUU ni ningún otro país devolverán jamás su deuda. Es sencillamente imposible. O bien deberían vender prácticamente el país mismo a los usureros (en Grecia ya se habla de vender el Partenón), o bien la reducción del nivel de vida generaría tal descontento que quizás degenerase en revoluciones. Peor aún: incluso suponiendo que la población tuviera la estoica actitud de aceptar recortes en su nivel de vida, la economía capitalista, basada en el consumo, se contraería, disminuyendo así los ingresos con los que pagar, y alargando aún más el pago durante generaciones y generaciones. Algunos países tardarían siglos en pagar.

Estos escenarios son inviables. El único punto de equilibrio más o menos justo sería:
- Los países dejan de pagar a los usureros, o como mucho renegocian las condiciones de tal manera que la deuda se reduzca a la mínima expresión, con lo que se pueda pagar en unos pocos años. Los usureros deben aceptar que perderán dinero.
- El gasto público debe cortarse radicalmente. El endeudamiento de la administración debe prohibirse o, como mucho reducirse mediante un techo similar al de EEUU, pero que se aplique de verdad, sin incrementos oportunistas.
- Los ciudadanos, por tanto, aceptan un nivel de vida mucho menor: menos servicios sociales, menos infraestructuras, etc., o bien más impuestos. El dinero debe salir de alguna parte.

Dicho de otro modo: todos tenemos que perder. Nuestro mundo de principios del siglo XXI es un mundo ilusiorio, vivimos inmersos en una riqueza ficticia, que brota de una fuente mágica llamada "deuda". Debemos abandonar esa ilusión y volver a la economía real. Cuanto más tardemos en hacerlo, más fuerte será el golpe.

lunes, 12 de marzo de 2012

La teoría RAC (II): Cada cosa tiene su función

Nuestra sociedad, histérica defensora de la fidelidad a cualquier precio, no acepta que uno pueda amar a varias mujeres a la vez, o que las pueda amar de diferente manera; por tanto, la mujer a la que se ama debe acabar convirtiéndose necesariamente en la esposa de uno, y aparte de ella no puede haber ninguna más. Lo contrario, socialmente, se considera una desgracia. Lo mismo les ocurre a ellas con nosotros: deben ser de un solo hombre, no hay alternativa posible.

Como yo no comparto esa filosofía, voy a intentar explicar la razón de mi postura. Pero primero, una analogía ilustrativa:

Existe una conocida regla sobre la dinámica de trabajo en las empresas, conocida como El principio de Peter, que universalmente se acepta como uno de los errores más típicos de las organizaciones. Consiste en elevar de categoría a aquel empleado que hace bien su trabajo, olvidando que, por muy justo que nos pueda parecer el premio, quizás en ese nuevo puesto al que lo ascendemos ya no sea una persona competente. Quien es un buen soldado no tiene por qué ser un buen capitán, del mismo modo que quien es un buen programador no tiene por qué ser un buen jefe de proyecto, o un buen albañil quizás no sea un buen capataz. Si verdaderamente creemos que debemos premiar el trabajo bien hecho, debemos hacerlo de otras maneras (subiendo el sueldo, por ejemplo), pero el lugar en el que trabaja cada uno debe ser elegido sólo por sus capacidades, no por recompensas.

Yo creo que algo parecido ocurre con el amor. Tenemos una buena amiga y creemos que por eso ya podría ser una buena amante; tenemos una buena amante y creemos que por eso ya sería una buena pareja; idealizamos a una chica a la que encontramos encantadora, y ya la vemos como una amante o una esposa, etcétera. Todo eso son errores. Quien es bueno en una situación, quizás no lo sea en otra, por mucho que la segunda nos parezca más ventajosa. Debemos ser capaces de comprender si esa persona debe cumplir una función o la otra; quizás descubramos que, en el fondo, ya está bien como está.

Por ejemplo, se comete un error muy grave al mezclar el amor romántico con el amor conyugal, porque no hay nada más mortífero para el amor romántico que una convivencia prolongada. El estado de enamoramiento es muy frágil; se basa en una elevación de nuestro espíritu casi mística, en la que la amada es casi como un sueño, como una agradable alucinación. Un sentimiento tan delicado no puede mantenerse por mucho tiempo: no estamos todo el día superenamorados a todas horas, sino que experimentamos momentos de enamoramiento. En cierto modo ocurre como con la excitación sexual: uno no está todo el día empalmado, por mucho que le guste su mujer. La consecuencia evidente es que habrá muchos otros momentos en los que habrá que estar junto a la otra persona, sin sentir un gran enamoramiento, y eso romperá la magia del amor romántico, en el cual es necesario ver constantemente a la amada como a un ser divino.

Peor aún: podría ser que, al descender nuestra excitación mística y tranquilizarnos, al verla en su vida cotidiana, con sus manías, con sus arranques de mal humor, con sus silencios o con su indiferencia, nuestro amor romántico difícilmente sobrevivirá. No significa que dejemos de quererla, quizás la querremos, pero en todo caso, será de otra manera. La querremos con cariño, con aprecio, con la paciencia de un esposo... en definitiva, sentiremos el amor conyugal, el que se tiene por la pareja. Pero a cambio, habremos perdido el otro. Eso no está ni bien ni mal, simplemente es un amor diferente, pero hay que escoger si es eso lo que queremos con esa mujer, o si preferimos seguir embelesados con su imagen y su recuerdo. Muy probablemente, la mujer que querremos para una cosa no será la misma que la que querremos para la otra.

Tampoco la prolongación en el tiempo resulta fácil, y así como el amor conyugal dura para toda la vida, el romántico puede desaparecer fácilmente, y quedar en el recuerdo. Debemos decidir si la mujer que tenemos delante es una mujer a la que preferiríamos recordar para siempre o acompañar para siempre.

Lo mismo ocurre con las amantes. Una amante es una mujer con la que se comparten las cosas buenas: quedas con ella, vas a tomar un café, a cenar, a la playa, a la cama, disfrutas del sexo con ella, quizás incluso de maneras que no practicas con tu pareja, la llevas al cine, etc. Pero todo son cosas bonitas. Luego, te despides y adiós. No significa que no la quieras, puede ser una gran persona y una buena amiga, pero seguramente no comparte tus problemas diarios, tus malos humores, tus manías... a lo sumo, le pedirás consejo en algún problema que tengas, o tú se lo darás para alguno suyo. Pero ya. Y eso es en parte lo que hace que mantengas de ella una imagen agradable: porque ni tú tienes que soportarla a ella, ni ella a ti. O muy poco.

Por todo eso, aunque es perfectamente posible que una amante sea una buena candidata para ser nuestra pareja, hay que verlo muy claro y estar muy seguro. Si nos confundimos por la buena impresión que tenemos de ella, quizás luego nos sorprendamos al ver que no podemos aguantarla a todas horas, o que ella no nos aguanta a nosotros.

Alguien podría preguntarse si no basta con el amor conyugal, si no podríamos contentarnos con nuestra pareja. A fin de cuentas, ella nos da compañía y sexo, que es lo que seguramente buscamos en nuestras amantes, y también a veces (aunque no sea un sentimiento continuo) nos enamorará, de una manera parecida a un amor romántico. ¿No es más fácil contentarse sólo con ella y no liarse con el resto? A eso yo respondo que sí, es perfectamente posible hacer eso, y desde luego es la opción más sencilla y menos problemática, pero creo que, en general, no es lo más deseable.

En realidad, la situación de cada uno depende de la época de su vida. Quizás en algún momento se sienta satisfecho con uno solo de los tipos de amor. Quizás el amante se sienta completo con sus amadas, quizás el romántico enamorado prefiera pensar sólo en su diosa, quizás el hombre casado se contente con su esposa y se olvide del resto; pero creo que en muchas ocasiones, la combinación de los diferentes tipos de amor, ayuda a completar nuestros espíritu con todos esos sentimientos, dándonos una existencia más plena. Y yo creo que eso es bueno.

Las amantes cumplen la función de añadir variedad. Nos sacan de la monotonía, nos divierten (y nosotros, es de esperar, las divertimos a ellas), y nos permiten así prolongar más años nuestra convivencia en pareja sin agobiarnos. Muchas veces veo a parejas quemadas, porque llevan muchos años juntos y ya no se aguantan, y no puedo dejar de pensar que, si no se hubieran centrado tanto el uno en el otro, si se hubieran permitido ambos un pequeño respiro con algún/a amante, quizás ahora estarían más relajados y lo llevarían mejor. Es un error pensar que las amantes quebrantan nuestra unión con la otra persona: eso sólo ocurre si caemos en la equivocación de confundir el amor de la amante con el conyugal, y pretendemos entonces cambiar de pareja; si dejamos a cada cual en su sitio y no mezclamos las cosas, yo creo que es positivo.

Del mismo modo, el amor romántico no supone, en mi opinión, ningún problema para el afecto que sentimos por nuestras amantes o por nuestra mujer. Se trata de una experiencia puramente espiritual, que nos ayuda a elevarnos sobre lo cotidiano, y que nada tiene que ver con nuestra convivencia. Por eso creo que, aunque uno bien puede conformarse con uno sólo de estos afectos, la persona que ha conseguido combinar los tres es la que realmente disfruta del amor y la que merece ser más envidiada.

Imagen: http://thesegolilypad.blogspot.com/2009/03/playing-with-king-of-hearts.html

jueves, 8 de marzo de 2012

La teoría RAC (I): Los tres tipos de amor

Como hace tiempo que no escribo nada sobre sexo, he pensado que es un buen momento para exponer aquí una teoría que mantengo sobre la afectividad de hombres y mujeres (aunque yo me centro en explicar la de los hombres, claro). Yo la llamo la teoría RAC. Las tres letras significan que hay tres tipos de afecto que uno necesita en su vida amorosa/sexual, y son:

- El amor romántico (la R).
- Las amantes (la A).
- El amor conyugal (la C).

La teoría consiste en afirmar que la felicidad completa se alcanza si se tienen las tres cosas, y que además conviene tenerlas juntas, pero no revueltas.

Como la teoría es bastante larga de explicar, hoy simplemente describiré lo que entiendo por cada tipo de amor, y más adelante explicaré por qué deben separarse.

El amor romántico es aquel que se siente por una persona a la que se adora, pero con la que no se tiene (o al menos no resulta imprescindible tener) contacto físico. Más aún, puede ser incluso que la persona adorada no nos conozca o que, incluso conociéndonos, nos odie. De hecho, el amor no correspondido es un tópico de la literatura, como reza aquel fantástico poema de Sor Juana Inés de la Cruz:
Al que ingrato me deja, busco amante;
al que amante me sigue, dejo ingrata;
constante adoro a quien mi amor maltrata;
maltrato a quien mi amor busca constante.

Al que trato de amor, hallo diamante
y soy diamante al que de amor me trata;
triunfante quiero ver al que me mata
y mato a quien me quiere ver triunfante.

Si a éste pago, padece mi deseo;
si ruego a aquél, mi pundonor enojo:
de entrambos modos infeliz me veo.

Pero yo por mejor partido escojo
de quien no quiero, ser violento empleo,
que de quien no me quiere, vil despojo.

Creo que tener un amor romántico es algo sano y deseable. Llena el alma de ilusión, de sentimientos nobles y hace que salga a la luz lo mejor de nosotros. Es lo que inspira a los artistas, lo que da fuerza a los héroes y lo que nos transmite una idea más elevada de la palabra "amor".

Personalmente, creo que es muy triste morir sin haber sentido, al menos durante un tiempo, un deseo romántico por otra persona. Un deseo que, aunque por supuesto pueda estar acompañado de atracción física (qué casualidad que uno siempre se enamora de las guapas...), por alguna misteriosa razón no se basa en la excitación sexual, sino que tiene algo de divino y espiritual; he aquí precisamente lo interesante de este sentimiento. Excitarse al ver una persona atractiva es sencillo; que nuestra alma se sienta elevada al pensar el ella, o al verla, o al recibir cualquier pequeña señal por su parte, no tanto. Por eso se le tiene en más estima que a la simple atracción, y es la base de los libros y películas de amor.

Distinguir ambos impulsos es fácil. En el caso de la atracción física simple, el objetivo es claramente el contacto sexual lo más completo posible. Sin embargo, en el amor romántico, uno se siente tan inexplicablemente lleno de respeto y adoración por la otra persona que incluso cuesta sentirse digno de ella, y casi parece que la manchamos si pensamos en ella sólo sexualmente.

Por supuesto, es cuestión de gustos. Hay quienes no necesitan para nada este tipo de amor, e incluso lo encuentran ridículo y pasado de moda. Yo creo que para todo aquel que quiera sentir las experiencias importantes de la vida, es algo imprescindible.

Pasemos ahora al segundo tipo de amor: el de las amantes. Hoy en día esta palabra no se lleva, y se usan algunas como "follamigas", "amigas con derecho a roce" o "rollos". Da igual, que cada cual lo llame como quiera. Lo importante es el concepto: se trata de personas con las que estamos a gusto, con las que nos une una cierta amistad (aunque no tienen por qué ser nuestras mejores amigas) y por las que sentimos una atracción física, que ellas comparten, y que por tanto nos ha llevado a tener sexo (o al menos algún beso) en alguna ocasión. Vale la pena diferenciar, sin embargo, entre las amantes propiamente dichas y los simples "rollos" ocasionales que se consiguen a veces tras una noche de discoteca o mediante un ligue ocasional, pero que no van más allá de un encuentro puramente físico y tras el cual muchas veces no se vuelve a ver a la persona, e incluso nos quedamos sin recordar cómo se llamaba. No: al decir amante, me refiero a una mujer a la que se ama (de ahí el término), pero con la que no hay una convivencia continua, ni una fidelidad que nos permita afirmar que es "nuestra pareja". Una amante suele ser, ante todo, una amiga, alguien en quien se confía.

Por supuesto, es posible tener varias amantes, aunque supongo que tener muchas a la vez debe ser un lío tremendo. Esta es la principal ventaja de este tipo de amor: mientras el amor romántico sólo se muestra en su forma más pura al dirigirlo sobre una única persona; y mientras el amor conyugal difícilmente triunfa con más de una a la vez, las amantes, en cambio, pueden ser varias, e incluso las épocas en las que uno está con ellas pueden ir fluctuando, por diversas circunstancias.

La desventaja es que no es un amor tan profundo como los otros dos. Las amantes son personas a las que sin duda apreciamos, y que físicamente pueden darnos mucho placer; pero no nos embelesan como nuestra amor romántico, ni están siempre a nuestro lado como nuestra pareja, compartiendo lo bueno y lo malo. Generalmente, una amante sólo comparte lo bueno.

El tercer tipo de amor es el conyugal, el que se siente por la persona con la que compartimos la vida, ya sea nuestra esposa o, si no estamos casados, nuestra "compañera", por así llamarla. Este amor es el más difícil y el más importante en la vida. Vivir sin amor romántico es una lástima, pero creo que para muchas personas perfectamente posible, y no supone un gran problema. Vivir sin amantes también es una pena, pero a fin de cuentas nuestra pareja y nuestras amistades pueden compensarnos bastante bien esta carencia. En cambio, no tener una pareja que comparta con nosotros la vida y que nos acompañe, como reza la fórmula, en la salud y en la enfermedad, en lo bueno y en lo malo, hasta que la muerte nos separe, es verdaderamente algo muy triste, y que ninguna amante ni ningún amor romántico pueden compensar.

Este amor nos da estabilidad, nos da compañía, une a las familias y, si se desea y se dan las circunstancias, nos da descendencia. Va, por tanto, más allá de la propia experiencia personal, y se convierte en una acción social, en la que los familiares terminan inevitablemente involucrados.

El amor conyugal es el más complicado, porque no puede basarse en un capricho momentáneo ni en una ilusión aparentemente fuerte, pero que luego se desvanezca con facilidad (como muchas veces pasa con los amores románticos), sino que debe estar firmemente asentado sobre la confianza mútua y una compenetración de los caracteres verdaderamente especial.

Conviene comentar el caso de la poligamia (o su pariente, la poliandria, que también se practica en alguna parte del mundo). Personalmente no estoy en contra, y me parece absurdo que en España, por ejemplo, sea un delito. Si tres personas se encuentran a gusto juntas, pues oye, ellos sabrán. Me parece bastante ridículo que una sociedad que se jacta de su tolerancia hacia las parejas del mismo sexo, penalice de esa manera otras uniones. Una muestra más de nuestra hipocresía y de nuestra modernidad de fachada. Pero en cualquier caso, creo que la poligamia está condenada a ser un problema. Si ya es difícil llevar una vida en común con una mujer, no quiero ni pensar lo que supondría hacerlo con dos; e igualmente veo muy complicado que dos hombres convivan con una sola mujer. Es casi inevitable, además, que surjan rivalidades y que una de las tres personas se sienta desplazada, que crea ser "el tercero en discordia". Respeto la poligamia, pero me parece algo muy inestable y difícilmente viable.

En la siguiente parte del artículo comentaré cómo se combinan los tres tipos de amor.

Imagen: http://amigurumisatutiplen.blogspot.com/2010_11_01_archive.html

martes, 28 de febrero de 2012

Los que generan millones

Uno de los ejemplos más típicos que se enseñan para analizar la Historia con profundidad, es el del desencadenamiento de la Primera Guerra Mundial. La guerra comenzó como consecuencia del atentado ocurrido en Sarajevo en 1914, en el que murieron el Archiduque Francisco Fernando de Austria y su esposa. Ahora bien, es evidente que este asesinato, por sí mismo, jamás hubiera provocado una guerra tan enorme si no se hubieran juntado muchas circunstancias adicionales. Las grandes potencias europeas ya tramaban una guerra desde hacía tiempo, y habían tejido sus alianzas y planificado sus estrategias. El disparo del terrorista Gravilo Princip sólo fue, en realidad, la mecha que encendió un enorme polvorín. Sería absurdo, por tanto, culpar a este nacionalista serbio de las muertes de tantos millones de hombres.

Siempre me acuerdo de ese ejemplo cuando los actuales defensores de la economía capitalista se deshacen en alabanzas hacia los emprendedores diciendo que "crean" empleo, los que justifican el sueldo de grandes directivos afirmando que "generan" millones a sus empresas. Lo mismo se dice de futbolistas, actores, y de muchos otros personajes cuyos ingresos, escandalosamente abultados, son ya algo más que un insulto en estos tiempos que corren.

No hay tal cosa. Nadie genera millones. Nadie. Del mismo modo que Princip no provocó millones de muertos. Cada cosa que uno de nosotros hace, puede quedar amplificada por las circunstancias, y eso crea el efecto de que somos nosotros quienes movemos montañas, pero no es así. Es nuestro entorno quien las mueve.

Esto es fácil de ver con los famosos. ¿Recordamos a aquella curiosa generación de famosillos de OT? A Bisbal, Rosa, Chenoa... En su momento eran estrellas, y aparentemente generaban millones. ¿Dónde están ahora todos ellos? Excepto Bisbal, que creo que aún mantiene una cierta actividad (ya muy pequeña respecto a lo que fue) es resto está desaparecido, o casi. Pero, ¿acaso no son más o menos las mismas personas? ¿Han perdido acaso la voz o han sufrido algún cambio radical que les impida hacer lo que hacían? No. Simplemente ocurre que han cambiado las circunstancias y que, al hacerlo, ha quedado patente que la fuente de fama y dinero no estaba en ellos mismos, sino en una fórmula que en su momento funcionó, y en todo un entramado mediático que les rodeaba. Una vez pasada de moda la fórmula y desmantelado el entramado, quedan desnudas sus simples cualidades personales, que poco pueden generar por sí solas.

La misma leyenda rodea a los grandes empresarios como Steve Jobs o Bill Gates. Algunos defienden que estos hombres generan millones de dólares y decenas de miles de puestos de trabajo. Pero más correctamente, habría que decir que toman decisiones que, gracias a que modifican un entorno adecuado, a que cuentan con los colaboradores adecuados y a muchas otras circunstancias, acaban generando dinero y puestos de trabajo para sus empresas. Pero es muy difícil decir qué parte corresponde realmente a la persona, y cual es en realidad producto de las circunstancias. ¿O acaso cuando sus compañías perdían dinero y empleados también eran ellos quienes creaban esta pobreza y este paro? Porque los defensores de los sueldos estratosféricos no suelen ser partidarios de que el responsable pague millones cuando hay pérdidas.

Nadie mueve montañas. Uno puede, si acaso, crear un alud a base de lanzar una bola de nieve por una montaña nevada; pero ese lanzamiento no serviría de nada ni provocaría apenas efecto, de no ser por las toneladas de nieve acumuladas en la montaña; toneladas que uno no ha creado: ya estaban ahí.

Imagen: http://derechoaleer.org/2011/08/efecto-leakymails-y-libertad-de-expresion.html

lunes, 13 de febrero de 2012

Sobre lealtades e infidelidades

Comenzaré yendo al grano: No estoy a favor de la fidelidad. La respeto, pero me parece un lujo innecesario.

Defiendo el amor libre; siempre lo he defendido y me cuesta mucho creer que no vaya a morirme defendiéndolo. Es algo plenamente arraigado en mí, probablemente uno de mis principios más irrenunciables, el de que el amor debe poder sentirse libremente, sin que esté ligado a una sola persona. Pero estoy a favor de la lealtad. Este término, que a algunos les sonará extraño y casi como pasado de moda, no es sinónimo de fidelidad. Para nada.

Ser fiel a una persona (a una pareja, se entiende) significa no amar y sobre todo no tener sexo con ninguna otra. Es como ser fiel a una marca: si compras chocolate Nestlé y eres fiel a la marca, nunca comprarás Toblerone.

Ser leal significa no engañar. Si yo digo que haré A, pues hago A. No digo que haré A y después voy y, sin que se entere mi pareja, hago B.

Nótese que ambas cosas son muy distintas. De hecho, no tienen nada que ver. Yo puedo no tener sexo con otra persona que no sea mi pareja, pero engañarla en muchas cosas. Seré entonces fiel, pero no leal. Igualmente, puedo decirle francamente que me acuesto con otras personas. Seré entonces leal, pero no fiel.

Ser infiel y leal al mismo tiempo, me parece una situación óptima. Resulta difícil, porque no siempre la persona que está con nosotros va a aceptar la infidelidad, pero aquí es donde entra nuestra capacidad para ser sinceros y mostrarnos tal y como somos, dando así también a nuestra pareja la oportunidad de aceptarnos o de rechazarnos, según crea conveniente. Es un ejercicio de valor por ambas partes.

La lealtad es, para mí, un valor importante. Dice mucho de la nobleza de una persona. La fidelidad, me parece un capricho perfectamente prescindible, cuando no un inconveniente molesto, una presión gratuita. En realidad, no es más que una manifestación de celos, y una muestra de nuestro miedo; miedo a perder a nuestra pareja, a que encuentre a alguien que le gusta más. Y a mí esto me resulta muy exótico, porque incluso encontrar a alguien que te gusta más, no significa que vayas a dejar a la persona con la que estás ahora. Del mismo modo que uno no tiene un solo amigo, sino varios (aunque pueda haber siempre un "mejor amigo"), creo que en el amor esto también es posible. Incluso me atrevería a decir que en ocasiones puede ser positivo para la pareja, porque evita que las dos personas se centren demasiado la una en la otra; porque nos permite salir de vez en cuando de la monotonía y, de este modo, poder volver a ella más relajados; porque incluso puede llegar a darnos algo que nos falte en nuestra pareja, permitiéndonos así continuar con ella al mismo tiempo, sin agobiarnos.

Creo que nuestra sociedad, que tanto presume de moderna y abierta, tiene aún este prejuicio de la fidelidad muy arraigado. Y qué queréis que os diga, me parece una lástima.

Imagen: http://www.peatom.info/negocios/119874/la-cadena-de-la-deuda-puede-estallar/