lunes, 4 de marzo de 2013

Por qué Twitter me ha hecho alejarme de Nietzsche


Friedrich Nietsche fue el primer filósofo que leí. Su obra Así habló Zaratustra fue mi primer gran libro de filosofía (antes lo máximo que había leído era algún trabajo para el colegio) y durante varios años me dediqué a atesorar sus obras (hoy en día las tengo casi todas, desde luego todas las importantes). 

Nietzsche me llamó la atención por su estilo aforístico. La mayor parte de sus libros no están escritos como largos tochos que forman un esquema filosófico estructurado, sino como pequeños textos, a veces de una sola frase, en los que el autor va contando todo tipo de ideas que le vienen a la cabeza, a menudo saltando de un tema a otro, sin lógica aparente. Aquel estilo me pareció ameno en su momento, porque resulta más atractivo el el típico rollo al estilo de Aristóteles o Kant.

También me aficioné en aquella época a otros autores de aforismos y notas, como Lichtenberg, en los que a menudo encontrabas más sabiduría concentrada en una frase que la que otros intentaban explicarte con cien páginas. 

Eran esos días en los que uno encontraba lo cotidiano en las personas que lo rodeaban, y lo profundo en los libros que leía.

Con el auge de Internet, el intercambio de información ayudó a que personas normales y corrientes, aparentemente nada geniales, como yo, intercambiásemos opiniones fácilmente, y descubrimos entonces que, si a las personas se les da su oportunidad, uno puede encontrar sin demasiada dificultad ideas tan interesantes como las que hubiera podido descubrir en un texto de Montaigne, de Voltaire, de Schopenhauer o del mismo Nietzsche. Se sentía uno entonces miembro de una época afortunada, en la que el intercambio de ideas interesantes superaba en varios órdenes de magnitud el de cualquier tiempo pasado. Los foros permitieron desarrollar la dialéctica y los blogs la retórica. Cierto que también abundan los trolls o quienes simplemente se dedican a copiar lo que otros dicen, pero aún así el resultado es positivo. 

También comenzaba uno a descubrir un cierto efecto contrario al esperado, y es el del cansancio. Antes, leer un nuevo texto de un gran autor (como Nietzsche) era una experiencia, un descubrimiento. Uno leía sus textos con interés y, aunque a veces podía defraudarle, rara vez lo hacía. Ahora, en cambio, mis enlaces me permiten leer docenas de artículos cada mes, sobre los que difícilmente puedo volcar mi atención como antes lo hacía sobre los libros.

Twitter, con sus escasos caracteres, y facebook, con sus "me gusta", han llevado este hastío al extremo. Uno a veces se cansa de ver por todas partes gente aparentemente ingeniosa, que cada dos por tres "tuitean" frases supuestamente originales y brillantes, como si fueran saltimbanquis intentando llamar nuestra atención y provocar nuestro aplauso. Llegas incluso a preguntarte si no eran más simpáticos en aquellos tiempos en los que no pensaban, en los que se extrañaban cuando mencionabas a Nietzsche, o te miraban como a un marciano si decías que estabas leyendo a Kant.

Son estos días en los que uno lee a personas ingeniosas en cada puñetero rincón de Internet, y llega a preguntarse dónde están aquellos seres sencillos y despreocupados, donde uno podía liberarse de la pesadez intelectual de los libros y encontrar otra vez la ligereza de lo cotidiano e intrascendente.

Por eso cada vez me cae más simpática la gente que rara vez "tuitea" cosas profundas, y que en su blog escriben con naturalidad de cosas humanas, sin pretender parecer ingeniosos, sin miedo a resultar superficiales. La profundidad tiene también sus momentos, pero antes Nietzsche era como un salvavidas en medio del océano de ignorancia. Ahora, no podría soportar leer muchas de sus páginas; creería que estoy otra vez con los blogs y los tweets.


viernes, 22 de febrero de 2013

En qué se parecen los ciudadanos españoles y la ONU

  1. Nunca se ponen de acuerdo.
  2. Nadie les hace caso.
  3. Todos les acusan de ser unos vagos y de cobrar por no hacer nada.
  4. Siempre se declaran profundamente irritados por todo lo que pasa en el mundo, pero no hacen nada por solucionarlo.
  5. Tienen unas fuerzas armadas, pero que están de adorno.
  6. Nunca asumen la culpa de nada, la culpa es de unos malvados que hay por el mundo.
  7. No se preocupan de los problemas hasta que no son ya una realidad casi irresoluble, e incluso entonces lo único que hacen son declaraciones, no actúan.
  8. Su estructura política es una herencia de la Segunda Guerra Mundial. 
  9. Son muchos, pero en el fondo, sólo mandan cinco. 
  10. La mayoría piensan que trabajar fuera de su país es mejor que quedarse en él.
  11. Presumen de diversidad cultural, pero al final casi todos siguen lo que hacen los americanos.

lunes, 4 de febrero de 2013

La neolengua y sus modalidades

Hace ya unos años, en 2003, los medios de comunicación españoles publicaban que el presidente de los EEUU, George Bush, había propuesto una hoja de ruta para la paz en Palestina. Me llamó la atención aquella expresión porque apenas la había oído en mi vida (se usa habitualmente para camioneros que reparten su mercancía, no para planes de paz), y de pronto todos los telediarios y periódicos la usaban, traduciéndola de la expresión original del inglés, road map. De repente, un término que apenas se usaba, pasó a ponerse de moda, y a partir de entonces, cualquier propuesta compleja presentada por algún político para afrontar un problema importante, pasó a denominarse, para los periodistas españoles, una hoja de ruta. Ya no existen los proyectos, las propuestas o los planes. Todo son hojas de ruta. Incluso en mi empresa mis jefes la han usado varias veces para hablar de los planes de futuro. Quién me lo iba a decir, ahora resulta que todos somos camioneros.

Estos días me ha venido a la memoria aquella moda porque durante varios días los meteorólogos nos han repetido hasta la saciedad que estábamos siendo afectados por una ciclogénesis explosiva. Ojo, no un temporal, una borrasca, un aguacero... no, no, esto suena mucho más catastrófico y apocalíptico: una ciclogénesis explosiva.

Esto es lo que me imagino si me hablan de tormentaEsto es lo que me imagino si me hablan de ciclogénesis explosiva
Joder, es que se me llena la boca cada vez que lo digo; repetid conmigo: ciclogénesis explosiva. ¿No os suena casi como de película, algo así como Armageddon? No me extraña que los periódicos lo hayan usado tanto para sus portadas, es casi como anunciar el fin del mundo. Además, tiene un cierto toque científico que gusta porque parece como que estás siendo más exacto en el uso de los términos (aunque en realidad sólo los uses porque crees que quedan bien). Te da autoridad; parece que sabes de lo que hablas.

Ya algunos han comentado mejor que yo el abuso de esta pintoresca expresión, pero a mí me ha llamado la atención especialmente por el descuido que suponen a la hora de usar el idioma. Todo esto da origen a auténticas neolenguas, como la que se usa en economía y política. Nuestros políticos y economistas son especialistas en violentar el lenguaje y acabar diciendo cosas tan graciosas como crecimiento negativo (¿no es más claro decir descenso o decrecimiento?) o desaceleración económica para referirse a una crisis, sólo por no tener que pasar el mal trago de pronunciar una palabra que les comprometa. De hecho, durante el último gobierno de Zapatero, crisis se convirtió en palabra tabú, casi de la misma manera que ahora lo es la palabra rescate, que se sustituye por reestructuración de la deuda.

Quizás algún día llamemos a esto decrecimiento negativo
En ocasiones la neolengua constituye un auténtico insulto a la inteligencia del oyente o lector, como cuando el ministro Montoro llama incentivo a la tributación de rentas no declaradas a una amnistía fiscal, o cuando la señora Cifuentes habla de modular el derecho de manifestación, cuando en realidad a lo que se refiere es a limitarlo para que los manifestantes no puedan jamás ejercer su derecho de una manera efectiva.

Ya el colmo de la torpeza lo pone Fátima Báñez cuando dice que está muy moderadamente satisfecha. Mis neuronas se quedan bloqueadas ante tal expresión; no sé si quedarme con el muy o con el moderadamente. Decididamente, intuyo que me quieren tomar el pelo.

Al final, entre los oscuros intereses de los políticos y la dejadez o el sensacionalismo de los periodistas, uno casi no puede leer o escuchar las noticias sin sentir vergüenza ajena continuamente. Uno se cansa de que no se llame a las cosas por su nombre, de que todos los periodistas hablen como robots que sólo saben pronunciar frases hechas impuestas por la moda del momento.

Por eso tienen éxito personas como Jordi Évole, porque usan el lenguaje de un modo normal, diciendo las cosas como son y hablando como cualquiera de nosotros. No pido más. No necesito a Cicerón dando lecciones de retórica. Me basta con un tipo bajito, con su camisa a cuadros y sus tejanos, hablando de tal manera que por lo menos parezca que realmente piensa lo que dice, y no que simplemente lee un guión plagado de estereotipos y filtrado por tabúes.

Imágenes:

lunes, 28 de enero de 2013

Normas de convivencia: respuesta

Este artículo es, en realidad, una respuesta a este otro de Intersexciones. Necesitaréis leerlo para entender de qué va.


En mi opinión, el origen de la mayoría de estas ideas equivocadas está en el concepto romántico del matrimonio (o la convivencia en general, ya que hoy en día casarse no es tan imprescindible). Antiguamente, el matrimonio se consideraba una unión social, más que afectiva. Por supuesto que podía haber afecto entre las dos personas, pero básicamente era una unión de dos familias, con sus inevitables consecuencias sociales, culturales y económicas. Por eso era frecuente el matrimonio por dinero, en el que los cónyuges no se amaban realmente; y por eso era difícil que personas de clases sociales diferentes (ya no digamos culturas o religiones diferentes) se casasen. El amor a menudo venía mediante aventuras extramatrimoniales. Era habitual que uno y otro tuvieran amantes, y de hecho las historias de cornudos llegaron a ser un clásico de la literatura.

Pero llegó el romanticismo (sobre todo a lo largo del siglo XIX) y el concepto comenzó a cambiar hacia un matrimonio enamorado, posiblemente distinto social y económicamente, en el que marido y mujer convivían alegremente como dos pajarillos en su nido.

Nuestra sociedad moderna de finales del siglo XX remató la faena con la idea de que las dos personas tenían que aportar sustento económico al hogar, y que el hombre también debía participar activamente en las tareas de casa y en el cuidado de los niños; cosas que antes sólo hacían las mujeres.

En general, creo que los cambios de mentalidad del romanticismo y de la sociedad contemporánea fueron buenos, ya que el planteamiento antiguo daba origen a una sociedad hipócrita, materialista, machista y, probablemente en la mayoría de los casos, infeliz. El problema es que quizás se fue demasiado lejos y se asumieron los planteamientos de un nido de amor igualitario de manera demasiado radical, cuando, a fin de cuentas, la idea tradicional de una unión social y económica también tenía su razón de ser.

Probablemente la virtud esté en el medio. Las dos personas deben amarse, sí, y repartirse las tareas del modo más equilibrado posible, también. Pero ojo: no deja de ser la unión de dos personas para convivir juntas, no para echar kikis ni para salir juntos al cine. Si éstos últimos fuesen los objetivos, no habría necesidad de convivir: se podría seguir un noviazgo eterno. Si se pasa a una convivencia es porque independientemente del amor (que en nuestros tiempos se presupone), se pretende compartir el día a día, los gastos, las tareas, la comida, la limpieza... todas esas cosas de las que uno no se preocupa con su novia o con su ligue. Es una convivencia más parecida a la que tenemos con nuestros familiares (y de hecho así es, puesto que se está formando una familia); una de esas convivencias en las que, como hace con sus padres o hermanos cuando está en la adolescencia, uno a veces se agobia por el aburrimiento de lo cotidiano y a menudo discute, pero que se mantiene por la fuerza del vínculo y el compromiso entre las personas.

Por eso coincido con las recomendaciones de Alena: los gastos se deben repartir, sí, pero dentro de lo razonable teniendo en cuenta la situación de cada uno; las tareas del hogar se deben repartir, si es posible turnándose, pero no está de más que uno se haga cargo de algo si al otro le irrita demasiado o si, simplemente, dispone de más tiempo o sabe hacerlo mejor, etc. Y así con todo.

miércoles, 2 de enero de 2013

Seguimos para Bingo: la farsa del abismo fiscal

Hoy los mercados se han despertado aliviados porque EEUU parece haber evitado, al menos temporalmente, el llamado abismo fiscal. Una vez más, los políticos norteamericanos han escenificado perfectamente esa obra de teatro en la que se ha convertido la política mundial; una obra en la que una serie de tipos encorbatados simulan estar muy pero que muy enfrentados, para, al final, acabar defendiendo lo mismo. Ya lo hicieron antes con el "techo" del endeudamiento, y ahora no podían ser menos.

Más al límite no podían haberlo hecho: los senadores llegaron a perderse las "uvas" y aprobaron el preacuerdo a las 2 de la mañana. Como de costumbre, una decisión salomónica en la que unos y otros ceden (o aparentan ceder). No se amplían tanto los impuestos como pretendían los demócratas, pero sí pagan más los muy ricos, en contra de lo que pretendían los republicanos. Respecto al recorte del gasto, de momento se aplaza dos meses. Ahora el Congreso lo ratifica y hala, ya hemos salvado un primer asalto.

Sin embargo, no hace falta tener un Nobel de Economía para darse cuenta de varias cosas:

  1. Lo que se ha conseguido es un simple aplazamiento. En febrero tendremos un nuevo abismo fiscal, que no será sino este mismo abismo, desplazado.
  2. La psicosis con el día 1 de enero es totalmente estúpida, y sólo sirve para fabricar titulares. Si el acuerdo se hubiera alcanzado el día 5, ¿sería muy grande la diferencia? Evidentemente no.
  3. Dada la enorme necesidad de financiación de los EEUU, aplazar la reducción del gasto y dejar la subida de impuestos en un anecdótico aumento para los muy ricos, apenas mejorará sus finanzas, por lo que en poco tiempo volverán a tocar el "techo de deuda", ese mismo con el que hace unos meses escenificaron otro enfrentamiento, resuelto, cómo no, a última hora.

El gran problema que hay detrás de todo esto, y que los medios más generalistas no subrayan (ellos sabrán por qué), es la contradicción inherente al sistema económico en el que vivimos. Y es que por un lado se requiere un Estado muy poderoso, que preste muchos servicios a los ciudadanos (pues todos queremos disfrutar de infraestructuras, sanidad pública, prestaciones de desempleo, subvenciones a empresas, etc.), pero por otro lado, la gente se resiste a pagar más impuestos, y especialmente los más ricos usan de todo tipo de artimañas, incluido el chantaje de amenazar con irse a otro país, con tal de no pagar. Hasta ahora, casi todos los países han recurrido a lo mismo para evitar esta contradicción: la deuda. Como el Estado no consigue equilibrar sus balanzas, mendiga dinero (en la neolengua, emite deuda) y todo solucionado. La balanza se equilibra mágicamente, gracias a ese dinero surgido de la "nada". 

Desgraciadamente, el dinero no surge de la nada, sino que hay que devolverlo, y encima con intereses. Esos intereses han llegado a un punto en el que absorben una buena parte de los ingresos del Estado, con lo que aún se hace más difícil que al principio cuadrar las cuentas. ¿Cómo se consigue entonces cuadrarlas? Lo han adivinado: con más deuda aún, en una espiral viciosa parecida a la de un drogadicto.

La situación ha llegado a un punto en el que el límite de deuda norteamericano amenaza con dejar al país esclavo de sus acreedores. Es necesario reducirlo como sea. ¿Y cuál sería la manera? Oh, sorpresa: reducir el gasto y subir impuestos... ¡justamente lo que iba a ocurrir con el abismo fiscal! Es decir que ese terrible "abismo" que había que evitar era precisamente lo idóneo para rebajar la deuda; pero paradójicamente, se considera desastroso para el desarrollo de la economía, por lo que se ve como el mayor desastre posible.

Y he aquí la contradicción inherente al sistema: una economía que sólo cree en el crecimiento ilimitado, y en un bienestar ficticio que se mantiene únicamente gracias al préstamo de los usureros, es un sistema abocado al fracaso. Es como un drogadicto que dice que quiere dejar su droga, pero que cada día se suministra su dosis, con la excusa de que es lo único que le ayuda a sobrevivir. Cuando la adicción ya sea muy grande y no tenga vuelta atrás, sólo le quedará la muerte.

Lo que ocurrió ayer puede parecer una victoria temporal, pero en realidad no es más que otro capítulo de la farsa con la que se intenta tapar el declive de nuestra civilización, de nuestro sistema económico y financiero capitalista de los siglos XX y XXI.

Yo presumo que a partir de ahora ocurrirá lo siguiente: durante un par de meses tendremos una calma tensa, en la que incluso subirá la bolsa (hoy ya lo ha hecho). A mediados de febrero, ese problema que ahora se ha aplazado, volverá a tocar a la puerta, pero esta vez con un agravante: que la deuda volverá a tocar techo, y será necesario entonces decidir si se aplican realmente las reducciones de prestaciones o si se eleva (aún más) el techo de deuda. Evidentemente, se optará por lo segundo, aunque sí se tomará alguna medida de reducción, para dar la imagen de decisión salomónica, que tanto gusta a los políticos de cara a la galería.

Al final, todo será una solución a medias, que ni resuelve el problema de la deuda, ni evita el empeoramiento de las condiciones de vida de los ciudadanos. La única medida positiva, el aumento de impuestos a los más ricos acordado ayer y aprobado hoy, será muy insuficiente para detener el desastre.

Es sólo cuestión de tiempo que el límite de la deuda sea tan alto que los inversores no confíen más en la capacidad de EEUU de devolver los préstamos, exactamente igual que ahora pasa con Grecia. Una vez se alcance ese punto de desconfianza (y se alcanzará, porque la confianza no es infinita), ya no habrá solución posible, y es totalmente imprevisible el desenlace. No soy un experto, pero tiene pinta de que los primeros brotes de desconfianza pueden comenzar a producirse en 2013, sobre todo en febrero, cuando se represente el siguiente acto de la farsa.

Este año puede hacer historia, como 1789, 1929 o 1939. Preparen las palomitas.